
- June 12, 2026
- Aprender a Ser, Aprendizaje, Educación, Egresados, Estudiantes, Humanismo, IA, Sociología, Universidad
La UIE nace como una universidad cuyo motor fundamental es el desarrollo integral de las personas y las sociedades. Entendemos la educación como un proceso metacognitivo, ético y continuo que durará toda la vida. El aprendizaje es permanente; ninguno de nosotros dejará nunca de aprender; por eso no creemos en los moldes académicos rígidos, sino en una educación integral que alinee razón y emoción, de modo que fomente la pasión por aprender e incentive el análisis crítico. La educación así entendida permite a las personas adaptarse con éxito a los constantes cambios sociales y tecnológicos del mundo actual y les impulsa a asumir estas mudanzas con parámetros éticos y capacidad crítica, pudiendo y sabiendo situar los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial, al servicio del ser humano y evitando la desigualdad. Creemos en la planificación utópica de la educación y apostamos por diseñar una educación con metas elevadas en nuestro horizonte, tales como el intentar ir por delante de los mismos acontecimientos, el deseo de conocer, la integración de teoría y praxis, la capacidad de iniciativa, la búsqueda de la paz, el sentido de la justicia, los valores democráticos, la escucha activa, la solidaridad, el sentido de la compasión, la integración de la diversidad, el respeto por nuestros semejantes y por el planeta, y, muy especialmente, aprender a seguir aprendiendo.
El relato
Corría el primer cuatrimestre del año 1969 en las costas de Cumaná, en Venezuela, cuando llegué por segunda vez, procedente de la Universidad de Texas, al pie del golfo de Cariaco, con renovada pasión por la educación. Allí, en su Cerro Colorado, estaba asentada la Universidad de Oriente, «la Casa más Grande», como rezaba su lema y su himno, y que cuatro años antes había celebrado, como nosotros lo hacemos hoy, su primera promoción con 49 estudiantes y que ahora llega a los 25.000. En ese momento era la única universidad que, con campus en las regiones Oriental y Guayana, alcanzaba más del 70% del territorio venezolano, el de toda España y otros 150 mil km² más. Cumaná, cuyo nombre indígena significa «unión de mar y río», la ciudad europea más antigua de América continental, fundada a inicios del siglo XVI (1515), me acogió con la celebración del Velorio de la Cruz de Mayo, que, lejos de ser un acto fúnebre, es una celebración llena de alegría, música y color, una tradición profundamente pesquera, heredada de los guaiqueríes, en la que los pescadores adornan con flores una gran cruz para solicitar ventura en el año de la pesca.
Y es que Cumaná es una ciudad cálida, abierta al mar, con una historia pesquera artesanal, hoy industrializada, y un fuerte olor a sal y pescado fresco. Recibe del ancestral pueblo guaiquerí su linaje matriarcal, su destreza en el agua, el arte de las redes textiles y sus técnicas de salazón y pesca de la sardina, y muchas otras variedades de peces, moluscos y crustáceos. El significado de su nombre se asienta, además de en los indios cumanagotos, en sus propios ancestros, pues guaiquerí significa «pueblo de mar», y así es como conocemos a los ciudadanos cumaneses y margariteños: como una verdadera estirpe de pescadores.
Allí, junto a la Ensenada Larga, en la vía hacia Carúpano, en la orilla frente a Laguna Grande y bajo un mar de reverencia iluminado por una luna de nácar, conocí a Argenis, un pescador que vivía en una pequeña playa solitaria, con sus ocho hijos y su esposa, en una casa de un solo habitáculo rodeada de palmeras de las que colgaban hamacas y chinchorros para dormir y descansar. No sabía leer ni escribir, pero sí sabía leer el cielo como nadie para predecir las noches de «mar picado». Partía día a día a coger sardinas, bagres, calamares en su peñero, una embarcación tradicional totalmente abierta e impulsada únicamente por dos remos y por su propio esfuerzo, que cada noche se enfrentaba a la soledad y la dureza del mar para mantener a su familia. Regresaba antes del amanecer, con la única compañía del firmamento del Oriente venezolano.
Trabamos amistad, pues alguna que otra noche Ricardo, un gran amigo dedicado a la docencia, como yo, y director del campus universitario de Sucre, lo contratábamos para ir con él a pescar calamares y disfrutar de sus historias y de la quietud de la noche. Llegó a compartirnos su mayor ilusión: conocer la otra orilla del golfo, la de la península de Araya, y alcanzar la costa de los manglares. Eran solo 15 kilómetros atravesando el golfo, pero a él le parecían la vuelta al mundo. Decidimos hacerle un regalo a Argenis sin previo aviso: un pequeño motor fuera de borda para que pudiese tocar la otra costa y cumplir su sueño; también, cómo no, para facilitarle la pesca en aguas de mayor calado.
Partimos los tres en esa mágica travesía y llegamos bien entrada la noche a la orilla de sus sueños. Lo vimos llorar. Nosotros también lo hicimos. Nos dijo: «Estoy muy emocionado; siento que he alcanzado mi mayor deseo, el que he anhelado durante 50 años». La otra costa no era distinta de la de aquella en la que vivía, pero él lloraba y nosotros también. Esto fue solo el principio. Mejoró ampliamente la captura de pescado sin el esfuerzo sobrehumano al que estaba destinado. Les ayudamos a ambos esposos a aprender a leer y escribir. Organizamos en la universidad un pequeño grupo de voluntarios, profesores y estudiantes, y convencimos a un grupo de pescadores de la zona de que llevaran a sus hijos a la escuela y crearan una cooperativa de pescadores. Nunca más supe de ellos, pero en mi memoria siempre merodean esas personas, ese tiempo y ese lugar y, en especial, la gratitud de haberles conocido y de haber aprendido una gran lección de vida.

La conexión del relato con el aprendizaje
La travesía de Argenis hacia la otra costa, al igual que el viaje de Ulises en la Odisea de Homero para regresar a Ítaca, nos muestra la importancia del aprendizaje significativo según David Ausubel y que el viaje es tan importante como el destino. El primero, el viaje, actúa como catalizador de la reestructuración conceptual y la asimilación cognitiva. El segundo, el destino: el terruño, constituye el conocimiento previo, la base conceptual para todo el aprendizaje posterior. Así, tanto Ítaca como Cumaná son esos territorios emocionales, psicológicos, identitarios y físicos que nos demuestran que la expansión del horizonte empírico consolida el aprendizaje significativo al permitir un retorno reflexivo que explica y eleva el valor del conocimiento.
En la historia del pescador de Cumaná aprendemos también que la magnitud de nuestras metas y la proporcionalidad del mundo son constructos relativos, cuya verdadera escala se calibra únicamente a través del aprendizaje significativo desde la perspectiva de Jean Piaget. El anhelo del pescador por alcanzar la otra orilla no representa una ambición de conquista absoluta, sino una necesidad de descentración cognitiva, es decir, de no ver los pensamientos como verdades literales; al igual que el viaje de Ulises, aun siendo una gran historia épica, no se valida por la conquista de nuevos reinos, sino por la resignificación de su patria. La meta alcanzada pierde así su carácter de fin último para convertirse en un espejo reflexivo. De este modo, la inmensidad del mundo exterior no empequeñece la estructura de origen —ya sea Ítaca o Cumaná—, sino que la consolida como el eje central y el territorio definitivo donde el conocimiento se estabiliza, adquiere pleno sentido e integra la propia identidad.
La conexión del relato con el propósito de la universidad
Queridos estudiantes, hace cuatro años vosotros y nosotros emprendimos una travesía, un viaje, como lo hicieron Ulises y Argenis; vosotros para construir vuestro destino, para buscar vuestras Ítacas; nosotros para levantar nuestros campus de Vigo y A Coruña, para inaugurar esta universidad. Hoy celebramos la primera parada de nuestras travesías: la graduación de la primera promoción de la UIE —vuestra graduación—. Es así que celebramos este acto con 106 estudiantes de grado en Ingeniería de Sistemas Inteligentes (adelantándonos a nuestro propio tiempo de la inteligencia artificial), Ingeniería de la Empresa (la primera titulación implantada en el ámbito nacional), Administración y Dirección de Empresas y Administración de Negocios Digitales (ambas con modernidad, innovación y futuro) y, finalmente, 22 estudiantes en el máster universitario MBA de Administración de Empresas, nuestro buque insignia de larga data y renovada misión. En total, 128 estudiantes, que constituyen la primera cosecha de una nueva universidad, un hito de naturaleza profundamente fundacional.
Esto es meridianamente cierto, pero también he de añadir que la UIE no se presenta ante la comunidad académica como una estructura improvisada o un depósito pasivo del saber; es un proyecto epistemológico vivo, madurado a lo largo del tiempo y en plena fase de expansión conceptual, porque detrás del nuevo estatus universitario late una sólida tradición que se remonta a 1987 (y así lo muestra nuestro escudo), año en el que la institución inició su andadura como Escuela de Negocios y posteriormente IESIDE.
Aquella identidad primigenia, centrada en la excelencia directiva, la praxis corporativa y la visión estratégica del entorno socioeconómico, constituye el caladero de este nuevo arrecife académico. Hemos transformado lo que comenzó hace décadas como un centro especializado en la alta gestión, en una arquitectura universitaria integral, donde el rigor metodológico heredado se suma a los valores sobre los que hemos construido la Universidad Intercontinental de la Empresa: el desarrollo científico y tecnológico, la investigación, el compromiso ético, la sostenibilidad, el espíritu emprendedor, la mentalidad global y la identitaria, el mérito al esfuerzo y, sobre todo, la orientación a las personas. Sois, estudiantes, nuestro eje y nuestra médula al mismo tiempo.
Me enorgullece deciros que hemos crecido juntos, y no cabe duda de que existe una correlación dialéctica e ineludible entre vuestro desarrollo cognitivo y la maduración de nuestra propia universidad. Mientras transitabais por las asignaturas y el conocimiento, nosotros experimentábamos nuestro propio proceso de aprendizaje institucional, calibrando los enfoques didácticos y validando nuevas líneas de investigación a través de la interacción directa con la actividad discursiva en vuestras aulas. La UIE no precede a sus estudiantes en el conocimiento de su nueva etapa; todo lo contrario, se descubre y se define en la medida en que interactúa con vosotros, nuestra primera generación de universitarios. Este hecho es capaz de transformar el espacio docente en un entorno de creación compartida, donde el saber se genera mediante el intercambio y la dialéctica intelectual.
Estudiantes: Gracias por haber compartido con la UIE este camino significativo, gracias por todas vuestras enseñanzas. Espero y deseo que hayamos correspondido a todo el aprendizaje que nos habéis compartido.

Misión y filosofía de la universidad
Por nuestra parte, he de decir que entendemos este tránsito por la educación bajo la rúbrica de un viaje conceptual, una transición profunda en las estructuras del pensamiento. La misión y los objetivos de nuestra universidad son tratar de aportaros algo más trascendente que una simple acumulación cuantitativa de datos o una capacitación puramente técnica; apostamos por un modelo educativo donde prima la reconfiguración cualitativa de la capacidad crítica, un salto de escala que eleva la histórica especialización en la gestión de organizaciones hacia la búsqueda transversal y multidireccional de la verdad científica, tecnológica y humanística.
El estudiante de esta primera promoción asume, de manera inevitable, el rol de timonel del saber, obligado a trazar líneas de navegación en un océano social y académico convulso y complejo que marca sus coordenadas universitarias. Precisamente, mi admirado Edgar Morin, el gran filósofo y humanista francés que nos dejó hace unos días a los 104 años, afirmaba que «el conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas». Ciertamente, este viaje intelectual exige el abandono de todas las certezas y la incorporación de la duda metódica como herramienta esencial para el análisis.
Durante esta travesía, el pensamiento científico y abstracto se convierte en una brújula indispensable. Asumir desafíos, dominar la experimentación y desarrollar la capacidad hermenéutica constituyen, en última instancia, el timón de su propia evolución y la llave para transformar al estudiante en un pensador libre. Este proceso de transformación individual converge con el desarrollo orgánico de nuestra propia institución universitaria. La producción científica y crítica del estudiante nutre de manera constante el patrimonio intelectual de la universidad, lo que le permite optimizar dinámicamente sus ecosistemas pedagógicos.
Con todo ello, la UIE nace como una universidad cuyo motor fundamental es el desarrollo integral de las personas y las sociedades. Entendemos la educación como un proceso metacognitivo, ético y continuo que durará toda la vida. El aprendizaje es permanente; ninguno de nosotros dejará nunca de aprender; por eso no creemos en los moldes académicos rígidos, sino en una educación integral que alinee razón y emoción, de modo que fomente la pasión por aprender e incentive el análisis crítico. La educación así entendida permite a las personas adaptarse con éxito a los constantes cambios sociales y tecnológicos del mundo actual y les impulsa a asumir estas mudanzas con parámetros éticos y capacidad crítica, pudiendo y sabiendo situar los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial, al servicio del ser humano y evitando la desigualdad. Creemos en la planificación utópica de la educación y apostamos por diseñar una educación con metas elevadas en nuestro horizonte, tales como el intentar ir por delante de los mismos acontecimientos, el deseo de conocer, la integración de teoría y praxis, la capacidad de iniciativa, la búsqueda de la paz, el sentido de la justicia, los valores democráticos, la escucha activa, la solidaridad, el sentido de la compasión, la integración de la diversidad, el respeto por nuestros semejantes y por el planeta, y, muy especialmente, aprender a seguir aprendiendo.
Los reconocimientos: claustro académico, patronato, patrocinantes y familias
Estudiantes, profesores y empleados de cualquier condición de nuestra Universidad, debéis sentiros orgullosos de vuestra contribución para alcanzar las metas del día de hoy, pese a los obstáculos que conlleva crear una institución de esta naturaleza en nuestro país. Somos una universidad joven, muy joven, que busca la innovación como antesala del futuro, pero con madurez de pensamiento y metas claras. Que no tiene aspiraciones de competir con ninguna otra universidad, sino consigo misma. De los 128 estudiantes de grado con los que iniciamos el primer año de la universidad, llegaremos a los 1.000 estudiantes presenciales en este próximo año académico, un número que está muy por encima del crecimiento de otras universidades privadas en las comunidades autónomas de nuestro país, a excepción de aquellas ubicadas en núcleos de población como Madrid, Barcelona o Valencia, que, con varios millones de habitantes, superan ampliamente el crecimiento demográfico de nuestro territorio.
Somos la única universidad privada laica española, más allá de las universidades privadas de la Iglesia, que no tiene ánimo de lucro, a semejanza también, de aquellas selectas universidades de primer nivel en otros países y cuyos recursos son íntegramente invertidos en la misma universidad, haciéndola sostenible para su desarrollo autónomo; somos una obra social universitaria de servicio público y gestión privada con un número de becas especialmente dirigidas a los estudiantes cuyos medios financieros no les permitiría estudiar con nosotros, que ha llegado al 21 por ciento de la comunidad estudiantil de estos cuatro años, y como ejemplo, (solo decirles que de la cohorte inicial que hoy se gradúa, el 34% han disfrutado de becas de estudios de uno a ocho semestres académicos, dependiendo de cada caso); somos una universidad que busca la excelencia, combinando altos estándares académicos y compromiso cívico con la empresa, la sociedad y aquellos que necesitan de nuestro apoyo sin discriminación alguna.
Nuestros programas de extensión universitaria, a través de la educación ejecutiva, el voluntariado ambiental, el deporte selectivo como la vela o el ajedrez en el que hemos cosechado premios nacionales e internacionales, la educación en la empresa o nuestra acción editorial, son altamente apreciados en ámbitos diversos; somos una universidad con una capacidad en tecnología educativa en las aulas para la comunicación sincrónica multidireccional entre los dos campus, difícil de superar por otras en España; somos una universidad que está día a día innovando en los procesos didácticos de enseñanza-aprendizaje: evaluación continua, tutorías individuales y grupales obligatorias, mentorización, inmersión en las empresas y una nueva dimensión del prácticum a través de toda la carrera, voluntariado social y ambiental, y la exigencia y rigor académico necesarios.
Somos una institución con presencia internacional muy selecta en Europa, Estados Unidos, América Latina, China e India. Somos una universidad que, en solo seis años, ha estado desarrollando y pondrá a disposición de la sociedad 3 facultades, un instituto de investigación, 10 titulaciones de grado, 6 de postgrado y 3 de doctorado, además de todas las titulaciones propias de nuestra educación ejecutiva en administración, derecho, ingeniería y salud.
Por todo ello, estamos orgullosos, pero con la humildad de saber que cualquier obra humana nos exige seguir trabajando sin límites y corregir las malas prácticas que pudieran haberse cometido a lo largo de la travesía de la vida. Estamos empezando; tenemos que mejorar día a día y aprender de nuestros errores; esto es solo el principio; estamos comprometidos con la calidad y la personalización de la educación universitaria y no con su masificación en las aulas. Una universidad de prestigio internacional que hoy es apenas una pequeña gaviota robusta protegida por sus creadores, todavía en el nido, pero que aspira a sostenerse por sí misma cuando tenga alas para volar.
En este punto, quiero hacer una mención especial a vuestros profesores y a todo el claustro académico de la universidad para reconocer su rigor, solidez y dedicación. Ellos son los capitanes que, emulando la destreza de los antiguos guaiqueríes de Cumaná, os han enseñado a tejer el pensamiento crítico, a lanzar las redes del análisis metodológico y a interpretar las corrientes de un entorno social incierto y en constante mutación. Su dedicación en las aulas ha transformado la incertidumbre del mar abierto en una ensenada de certezas y descubrimientos.
Asimismo, quiero expresar nuestro más profundo reconocimiento al Patronato de la Universidad: su visión, compromiso y capacidad para dotar de rumbo y estabilidad a este proyecto han sido el peñero robusto que ha sorteado las mareas, permitiendo que aquel aparejo lanzado en 1987 sea hoy una realidad universitaria consolidada, sostenible y en constante evolución. También deseo expresar mi reconocimiento a quienes me acompañan en la gestión universitaria: a su Consejo Rector, a la Coordinación Académica y Corporativa, a los Decanatos y a los Departamentos, y a cada uno de los integrantes del personal académico y de apoyo. Y, qué duda cabe, una mención muy especial a los propulsores y promotores de la universidad, en un acto de responsabilidad social empresarial, a ABANCA y a su obra social, Afundación, por acompañar a la institución en esta travesía. De igual modo, expreso nuestra profunda gratitud a la Presidencia del Parlamento de Galicia y a la Consellería de Universidades de la Xunta de Galicia por acompañarnos y apoyarnos en este viaje de la Universidad Intercontinental de la Empresa como parte del Sistema Universitario de Galicia, desde su creación el 15 de julio de 2021.
Sin embargo, detrás de cada arquitectura institucional, de cada programa curricular o de cada lección magistral, se asienta una dimensión humana que dota de verdadero sentido a toda la travesía. Ese rol estructurante y fundamental pertenece, de manera inequívoca, a vuestras familias, que hoy os acompañan en este auditorio. Sin duda, las personas que os quieren constituyen la matriz relacional, afectiva y ética sobre la cual se ha edificado vuestro tránsito universitario. Al igual que la Cumaná que definía la identidad profunda del pescador Argenis o la lejana Ítaca que otorgaba sentido al retorno de Ulises, el núcleo familiar representa las referencias, ese territorio conceptual primario que sostiene vuestro esfuerzo diario, y que también resignifica y eleva el valor de cada conocimiento que habéis adquirido.
Familias: habéis sido el sostén emocional, el puerto de abrigo en las noches de «mar picado» y la infraestructura ética que ha permitido a nuestros estudiantes asumir el riesgo de pensar y aprender, y comprometerse con su propia expansión intelectual. Sois el caladero primigenio donde se fraguaron sus valores y siempre seréis el puerto definitivo al que regresar. Vuestra presencia aquí demuestra que ninguna conquista intelectual posee un valor real si no se proyecta, se celebra y se comparte con aquellos que custodian nuestras raíces, nuestro origen, nuestra historia personal; es decir, con aquellos que, al darnos su amor, nos han dado lo que el mundo entero necesita desesperadamente.
La inteligencia artificial y la vuelta a la metáfora de Cumaná e Ítaca
Es precisamente en esa confluencia de afectos, intercambio, conocimiento y responsabilidad institucional donde este acto fundacional alcanza su importancia y trascendencia. Nuestra Universidad entrega hoy a la sociedad su primera promoción de graduados y, al hacerlo, demuestra que el pensamiento utópico es posible, que las ideas que planificamos hace años son una realidad tangible, un caladero vivo de pensamiento y progreso.
Constituís, estudiantes de grado y de postgrado, la primera promoción de nuestra universidad. Esta cohorte que inició sus estudios universitarios con los todavía retazos y efectos de la pospandemia que azotó muchas vidas y provocó cambios de calado, y que ahora, al terminar, inicia la nueva era de los algoritmos, de la generación agéntica, de una tecnología, la inteligencia artificial, que transformará el mundo que viene y que debéis comprender profundamente.
Pero tampoco elevemos a los altares una tecnología que ni es inferior ni superior a muchas otras que surgieron en distintas épocas de la historia. Podríamos imaginarnos, por ejemplo, lo que supuso para las sociedades en su tiempo de vida, el descubrimiento de la rueda hace 3.500 años a. C. en Mesopotamia, lo que conocemos como Irak; y que hoy, 5,500 años después, sigue con plena vigencia, como un instrumento tecnológico de primera magnitud que ha afectado casi todos sus usos en sistemas industriales, en generación de energía, en aplicaciones electrónicas, ordenadores e instrumentos digitales, por supuesto en todo tipo de transportes, incluidos los aéreos, y en tecnologías de uso doméstico, sanitario y de apoyo a tantos descubrimientos, por citar apenas una muestra de sus infinitas aplicaciones. El ser humano, vanidosamente, cree que su tiempo es extraordinario. Pero cada tiempo lo fue para los pueblos de esa época que lo vivieron. Tenemos que saber abstraernos de la vanidad de pensar en nuestro tiempo de vida, sin dejar de recurrir a la humildad científica y humanística para proyectar el futuro sin omitir el pasado.
La inteligencia artificial es esencial para el mundo que viene; vosotros, que formáis parte de la promoción que tendrá que liderar con algoritmos e inteligencia de lo intangible, tenéis que estudiarla a fondo y ponerla al servicio de las personas y no permitir que se convierta en la dictadura de vuestro cerebro. Tenéis que dominarla, sin permitir que os domine y sin olvidar que la ética es la única forma no violenta de someter al poder. Tenéis que comprender que la inteligencia artificial no consiste tanto en acceder a respuestas como en formular mejores preguntas y pensar más allá de ellas. Tenéis que abrazar ese mundo que viene, pero para domeñarlo, sin crear nuevos dioses de la tecnología, pues no debemos olvidar que la inteligencia artificial puede escribirte una carta de amor, pero no puede enamorarse; o parafraseando a Fareed Zacharie que hace unos días, en una ceremonia como la nuestra de hoy, en el prestigioso Bard College de Nueva York, expresaba en paralelo con la encíclica Magnífica Humanitas que la inteligencia artificial puede ayudarte a escribir unas bellas palabras para el funeral de tu amigo, pero no será capaz de sollozar frente a su pérdida.
Epílogo y despedida a pescadores y estudiantes
Apreciados estudiantes, la travesía que iniciamos juntos ha alcanzado su primera gran orilla. Durante estos cuatro cursos habéis aprendido a lanzar las redes de pensamiento analítico en el mar de la incertidumbre, a interpretar las mareas de un entorno tecnológico y social en constante mutación; os habéis atrevido a pensar y cuestionar una realidad diversa, compleja, con cambios exponenciales. Hemos intentado entregaros nuestro conocimiento, lo mejor de nosotros; al igual que nos habéis aportado el vuestro. Juntos hemos fabricado un motor fuera de borda en estos años. Utilizadlo, no lo dejéis en el puerto; está fabricado para desafiar el oleaje, para empujar vuestros horizontes hacia metas cada vez más elevadas; está construido para soñar, para pensar en utopías y construir realidades, porque no hay límites para el conocimiento; no intentéis poner puertas al mar. Zarpad con decisión y valor hacia vuestras propias Ítacas, que el conocimiento os alumbre, que el aprendizaje permanente señale vuestro Norte, que la duda metódica y la reflexión crítica sean vuestras nasas, vuestras redes.
Construid vuestro futuro con la audacia de quien descubre nuevas costas, pero mantened siempre la humildad reflexiva como nos enseñó Argenis: sabiendo regresar a los orígenes con el corazón y con la razón, con el anclaje inquebrantable de los valores que os han transmitido aquellos que os quieren. Haced que cada éxito profesional sea un espejo en el que se resignifiquen vuestra historia personal y vuestro compromiso con los seres humanos, con la ética y la justicia, con la libertad, con la paz, con el amor y con el conocimiento. Y si un día «el mar está picado», no olvidéis que vuestras familias serán siempre el puerto de abrigo que custodia vuestras raíces, serán vuestra referencia. Asimismo, espero y deseo que esta Universidad, que nació y creció en permanente dialéctica con vuestras aulas, pueda llegar a ser como un Cumaná para vosotros: el espacio intelectual donde vuestra estirpe de pensadores libres aprendió a navegar.
Hoy, desde esta Galicia atlántica de arraigada alma marinera y con dos campus costeros —uno en las Rías Altas y otro en las Rías Bajas—, puedo afirmar que en la Universidad Intercontinental de la Empresa entendemos mejor que nadie que todo viaje exige valentía, coraje, determinación y pasión. Pero también manifestamos que, sean cuales fueren vuestros destinos, habéis de saber que el aprendizaje siempre es el único camino.
*Lección magistral de Miguel Ángel Escotet, rector de la Universidad Intercontinental de la Empresa, en el acto de graduación de la primera promoción de la Universidad, el 11 de junio de 2026 en Santiago de Compostela. Se han omitido los agradecimientos personales en aras de la economía del texto y de facilitar su lectura, pero pueden acceder a ellos y a toda su intervención en la versión íntegra de la grabación, disponible aquí.
©2026 Miguel Ángel Escotet. Todos los derechos reservados. Se puede reproducir citando la fuente y el autor. Ilustración de portada: Robert Dugarte.