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La intimidad del algoritmo: Consecuencias sociales de la IA en el futuro cercano

A medida que la inteligencia artificial se integre en la economía y la sociedad en los próximos 3 a 7 años, sus beneficios serán ampliamente celebrados. Sin embargo, es probable que surjan tres consecuencias sociales negativas importantes: la erosión de la capacidad de acción humana en el trabajo, el colapso de la verdad digital compartida y la atrofia de habilidades sociales esenciales. En este ensayo de reflexiones personales, examino brevemente estos riesgos y argumento que, sin una gobernanza proactiva y la sociedad, la IA profundizará las desigualdades existentes y debilitará el tejido social.


Desde mi transición de la ingeniería a la psicología, me ha fascinado cada vez más el cerebro social, que sustenta la adaptación humana al entorno. Este interés me ha llevado a centrarme en el aprendizaje cultural y social. La tecnología, como aplicación práctica de los descubrimientos científicos a las necesidades sociales, sirve de base tanto para la innovación como para las consideraciones éticas. Si bien la ciencia en sí misma es neutral, las acciones de los científicos y profesionales no siempre son imparciales. Por ejemplo, la fisión nuclear puede utilizarse tanto para terapias que salvan vidas contra el cáncer como para la fabricación de armas de destrucción masiva. En última instancia, las consecuencias sociales de cualquier nueva tecnología o descubrimiento científico dependen del ser humano y de la justificación social que motiva su uso. Esta preocupación me resulta particularmente relevante en relación con tecnologías transformadoras como la inteligencia artificial (IA). La IA es una fuerza duradera y en constante avance; si se orienta hacia el bienestar social y humano, puede desarrollar todo su potencial tecnológico, psicológico y ético. Sin embargo, es fundamental considerar las posibles consecuencias sociales de su aplicación.

El debate en torno a la inteligencia artificial se ha dividido durante mucho tiempo entre visiones utópicas de abundancia y posesión de la riqueza y pesadillas distópicas de dominadores robóticos. Sin embargo, es probable que el futuro cercano traiga algo más sutil e insidioso: no una revolución violenta, sino una erosión silenciosa de las estructuras sociales que tradicionalmente han moldeado la vida humana. A medida que la IA se transforma de una herramienta que utilizamos a un actor con el que interactuamos, sus efectos más profundos no serán económicos ni tecnológicos, sino sociales. En los próximos años, nos encontraremos con una ola de cambios: la desintegración de la confianza pública, la configuración algorítmica de la identidad, la soledad nacida de la comodidad sin fricciones y la acumulación silenciosa de poder en cajas negras probabilísticas.

A medida que la inteligencia artificial se integre en la economía y la sociedad en los próximos 3 a 7 años, sus beneficios serán ampliamente celebrados. Sin embargo, es probable que surjan tres consecuencias sociales negativas importantes: la erosión de la capacidad de acción humana en el trabajo, el colapso de la verdad digital compartida y la atrofia de habilidades sociales esenciales. En este ensayo de reflexiones personales, examino brevemente estos riesgos y argumento que, sin una gobernanza proactiva y la sociedad, la IA profundizará las desigualdades existentes y debilitará el tejido social.

La crisis epistémica: cuando la realidad se vuelve negociable

La primera gran consecuencia social será el colapso definitivo de la realidad objetiva compartida. Los algoritmos de las redes sociales iniciaron este proceso optimizando la indignación y la participación, pero la IA generativa lo completará al democratizar la desinformación. La IA del futuro cercano generará medios sintéticos hiperpersonalizados y sensibles al contexto, no solo vídeos deepfake de políticos, sino también texto, audio e imágenes fabricados en tiempo real y adaptados al perfil psicológico de cada individuo. El resultado no es solo que las mentiras se propaguen más rápido que la verdad, sino que la verdad pierda su significado epistémico. Cuando un vídeo de un líder mundial diciendo algo incendiario puede crearse en segundos y desmentirse con la misma rapidez, toda prueba se vuelve sospechosa. La confianza, el lubricante social de las democracias, el comercio y las comunidades se desintegrarán en redes de verificación tribales. No dudaremos de nada; creeremos lo que confirme nuestra realidad aumentada por la IA. El resultado será una sociedad en la que el debate se vuelve imposible porque los hechos ya no se comparten, sino que se generan bajo demanda.

El reemplazo relacional: intimidad sin obligación

Uno de los cambios más desestabilizadores desde el punto de vista psicológico se producirá en las relaciones personales. Los compañeros, terapeutas y parejas románticas con IA ya están surgiendo, pero en un futuro próximo, muchos serán indistinguibles de la interacción humana para las necesidades sociales cotidianas. La consecuencia social es el auge de las «relaciones sin fricciones»: vínculos que ofrecen recompensas emocionales sin las exigencias de reciprocidad, vulnerabilidad o conflicto. ¿Para qué soportar una conversación difícil con la pareja cuando una IA ofrece una consideración positiva incondicional? ¿Para qué arriesgarse al rechazo cuando siempre hay un amigo sintético disponible? El peligro no reside en que las personas eliminen todo contacto humano, sino en que deleguen en las máquinas las partes difíciles de la vida social: la responsabilidad, el compromiso, el perdón. Esto creará una generación experta en el desempeño social, pero frágil en la práctica, incapaz de afrontar las inevitables decepciones de las relaciones humanas. La consecuencia no es el fin del amor, sino su vacuidad convertida en una mera transacción de consumo.

El trabajo digno: el contrato social de dos niveles

Mucho se ha escrito sobre el desplazamiento laboral, pero la consecuencia social a corto plazo es más compleja: la división del valor humano. A medida que la IA automatiza el trabajo cognitivo de nivel medio (como la contabilidad, la investigación jurídica, la creación de contenido y algunos diagnósticos), la economía se polarizará en puestos de servicio con poca interacción y autonomía, y puestos de alta confianza y creatividad que requieren un juicio humano genuino. Sin embargo, el daño social no se limitará al desempleo; implicará la pérdida de dignidad en la contribución. Durante siglos, el trabajo ha proporcionado no solo ingresos, sino también identidad social, propósito y una narrativa de autoestima.

Cuando una gran parte de la población se ve confinada a roles que solo sirven para dar soporte a sistemas algorítmicos —supervisando procesos automatizados, desempeñando trabajo emocional para interfaces de IA o rotando entre trabajos intercambiables—, el contrato social se desmorona. Corremos el riesgo de crear una clase de personas económicamente innecesarias, pero socialmente esenciales como consumidores. La consiguiente ansiedad por el estatus, el resentimiento y la búsqueda de chivos expiatorios alimentarán la inestabilidad política, ya que quienes carecen de capacidad de decisión significativa recurrirán a soluciones autoritarias que prometen restaurar un orden percibido como perdido.

El tercer algorítmico: el fin de la negociación directa

La IA transformará la esencia de la toma de decisiones humanas al actuar como un mediador invisible. Consideremos la contratación, en la que los algoritmos ya analizan currículos, por ejemplo. Pronto, efectuarán entrevistas iniciales, negociarán salarios y evaluarán la adecuación cultural, todo ello basado en modelos entrenados con el desempeño de empleados exitosos anteriores. Lo mismo ocurrirá con las solicitudes de préstamos, las admisiones universitarias, los contratos de alquiler e incluso las citas con otras personas. La consecuencia social es el fin de la excepción. Los sistemas humanos siempre se han basado en la discreción: la capacidad de una persona para mirar a otra a los ojos y decir: «Veo algo que los números no han detectado». Pero los sistemas de IA están diseñados para optimizar patrones, no para detectar anomalías. El resultado es una sociedad con una previsibilidad y rigidez sin precedentes. Las personas aprenderán a adaptarse al algoritmo —gestionando su huella digital, ajustando su discurso e incluso cambiando su apariencia— no por obligación, sino porque la alternativa es la exclusión sistemática. El mundo social se convierte en una representación para jueces silenciosos y opacos.

Tres consecuencias sociales a corto plazo de la adopción generalizada de la IA

El futuro cercano de la IA (aproximadamente entre 2027 y 2030) se caracterizará no por la inteligencia artificial general, sino por la profunda integración de la IA generativa y predictiva en los sistemas cotidianos. Si bien la eficiencia aumentará, también proliferarán los daños estructurales y silenciosos. Las principales consecuencias se describen a continuación.

Primera consecuencia: el precariado del trabajo invisible

La consecuencia social más inmediata es la creación de un nuevo precariado: personas que realizan trabajos poco visibles y de alto riesgo para entrenar o supervisar sistemas de IA defectuosos. Los moderadores de contenido, los etiquetadores de datos y los operadores remotos de vehículos autónomos se enfrentarán a un creciente malestar psicológico debido a la exposición a contenido traumático y a un trabajo monótono y algorítmico. Al mismo tiempo, la retórica de la automatización total se utilizará para suprimir los salarios de los roles tradicionales (por ejemplo, escritores, programadores, diseñadores), cuyo trabajo ahora se utiliza como datos de entrenamiento, creando una clase de trabajadores que son económicamente esenciales, pero socialmente invisibles y prescindibles.

Segunda consecuencia: la muerte de la realidad compartida

Los medios sintéticos generados por IA (texto, imágenes, audio) serán para el 2028 indistinguibles para la persona promedio de la creación humana auténtica. La consecuencia social no es simplemente la desinformación, sino el colapso de la confianza epistémica. Cualquier video personal, grabación de audio o documento oficial podrá negarse plausiblemente como generado por IA. Este dividendo del mentiroso empoderará a los actores malintencionados, desde cónyuges abusivos que niegan pruebas hasta corporaciones que anulan contratos. Aún más destructivo, los ciudadanos se refugiarán en burbujas de realidad personalizadas y gestionadas por IA, borrando cualquier foro público compartido restante para la deliberación democrática.

Tercera consecuencia: la atrofia de las habilidades relacionales

Una consecuencia menos visible, pero igualmente profunda, es la pérdida de habilidades sociales de la población. A medida que los tutores, acompañantes y terapeutas con IA se vuelven omnipresentes, las pequeñas fricciones de la interacción humana —negociar con un amigo, lidiar con el aburrimiento de un niño o resolver una disputa laboral— se evitarán sistemáticamente. El riesgo a corto plazo es una generación entera que externalice el trabajo emocional a las máquinas, lo que conllevará un declive de la empatía, la resolución de conflictos y la tolerancia a la diferencia. Los vínculos sociales, construidos sobre el esfuerzo mutuo y el fracaso ocasional, se debilitarán hasta convertirse en transacciones superficiales y a demanda.

En síntesis: la gobernanza de la proximidad y la acción individual y social

Estos efectos comparten un denominador común: el impacto social a corto plazo de la IA no estará determinado por lo que haga a los individuos, sino por lo que haga entre ellos. La IA mediará el acceso a la verdad, el amor, la dignidad y la oportunidad. La cuestión política crucial de la próxima década no es cómo detener la IA, sino cómo regular su papel como actor social. Abordar este desafío requiere superar tanto las perspectivas libertarias de la industria tecnológica como la resistencia nostálgica de sus críticos. Es necesario un nuevo acuerdo social: transparencia obligatoria en la toma de decisiones algorítmicas, recurso humano legalmente requerido para decisiones importantes y, quizás lo más trascendente, la preservación deliberada de la fricción, es decir, esos procesos humanos incómodos, ineficientes y costosos, como los jurados, las asambleas públicas y las negociaciones cara a cara, que históricamente han fomentado la confianza. La inteligencia de las máquinas no determinará el futuro cercano; más bien, lo determinará la voluntad colectiva de decidir dónde limitar su influencia.

Las últimas tres consecuencias de la adopción de la IA no son inevitabilidades tecnológicas, sino fallos de previsión social. En un futuro próximo, la IA más peligrosa no será una superinteligencia rebelde, sino una herramienta banal y obediente que disuelve silenciosamente la autonomía, la confianza y la conexión humanas. La mitigación requiere acción inmediata: requisitos legales de intervención humana en las decisiones críticas, estándares sólidos de procedencia digital y una campaña de salud pública sobre alfabetización en IA y mantenimiento de habilidades sociales. Sin estas intervenciones, el futuro no será distópico en el sentido cinematográfico, sino simplemente empobrecido: una versión más solitaria, confusa y menos justa del presente.

Mis referencias recientes sobre esta cavilación

Escotet, M.A. (2026). Buscando a Ítaca. Barcelona: Planeta. (Disponible en mayo).

Escotet, M.A. (2024). «The Optimistic Future of Artificial Intelligence in Higher Education.» Prospects (UNESCO), Towards 2030 and Beyond: Challenges and Opportunities for Education Transformation, 194, Vol. 54:3-4, diciembre, pp. 531-540. https://doi.org/10.1007/s11125-023-09642-z.

Escotet, M.A. (2023). «The Bright Side of AI in Teaching and Learning.» The Academic. https://theacademic.com/ai-in-teaching-and-learning/.


©2026 Miguel Ángel Escotet. Todos los derechos reservados. Se puede reproducir citando la fuente y el autor.

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