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Catchall Blog/ Cajón de sastre

La paradoja de la gran memoria digital ante la cultura más desmemoriada

«Nos encontramos ante una de las mayores paradojas de la civilización contemporánea: nunca habíamos tenido tanto acceso a la memoria registrada de la humanidad y, al mismo tiempo, corremos el riesgo de ser la cultura más desmemoriada de la historia». De ahí el título que le doy a la entrevista, aunque podría ser perfectamente otro. Arantxa Serantes, en la conversación para Humanista Digital, me llevó a recorrer las ideas de Buscando a Ítaca para pensar el lugar del ser humano en la era de la inteligencia artificial, en el humanismo digital. Con la brújula, la nave y el viaje de Ulises como metáforas, sostengo que la técnica debe ensanchar el pensamiento y no reemplazarlo, y defiendo la soberanía personal frente a la delegación cognitiva. La inmediatez tecnológica es el nuevo “canto de sirena”: promete saber sin esfuerzo y nos deja a la deriva, dispersos y fragmentados. Para resistirlo, propongo tres estrategias homéricas: atarse al mástil del pensamiento crítico y de la atención, aprender a descartar y a decir “no” al exceso de estímulos, y llevar el timón uno mismo en lugar de delegar el rumbo en el algoritmo. En definitiva, la inteligencia artificial debe servir al ser humano y no sustituir su capacidad de pensar. 

Recurriendo a Skinner, creo que las Big Tech usan, aun sin proponérselo, el refuerzo intermitente, el condicionamiento algorítmico para capturar la voluntad, y propongo, como signo deseable de la civilización del futuro, el reemplazo del control social y político por el autocontrol de los ciudadanos en la consecución de la libertad, así como la inminente necesidad de reconciliar la lectura distante con la mirada íntima. También me refiero a la universidad no como un repositorio de contenidos, sino como una conversación viva y un espacio de contemplación y diálogo socrático, capaz de convertir el tiempo que la tecnología libera en humanización. Sostengo que el código es «filosofía congelada», por lo que reclamo la presencia de humanistas en el diseño tecnológico y una democratización real del saber. Abogo por un nuevo renacimiento que integre lo digital con las ciencias y las artes, y concluyo con una advertencia a las nuevas generaciones de no confundir la sofisticación de la nave con el sentido del viaje.

Estos dos párrafos anteriores no son propiamente el resumen de mis respuestas; son apenas una introducción a algunas de ellas. Le invito a acompañarme en la intimidad de su propio pensamiento con su reflexión. Muchas gracias.

Fotocollage de Humanista Digital con Miguel Ángel Escotet y la portada de su reciente libro, al pie del Duero en Oporto. 2026

  • En su libro utiliza el viaje a Ítaca y la figura de Ulises como metáforas del camino intelectual. Desde la perspectiva humanística, donde el “camino” suele estar mediado por algoritmos, flujos de datos e hipervínculos, ¿cómo podemos evitar perder el control de nuestra propia ruta intelectual y sucumbir al “canto de sirena” de la inmediatez tecnológica?

El canto de las sirenas es una de las advertencias epistemológicas más lúcidas que la antigüedad nos legó. En el regreso a Ítaca, la seducción de las sirenas reside en la promesa de un conocimiento absoluto sin esfuerzo. Cantaban a Ulises, que conocía todo lo que había ocurrido en la tierra y que quien lo escuchara se marcharía más sabio y lleno de gozo.

Hoy, la inmediatez tecnológica, el flujo incesante de datos y el salto infinito de hipervínculo en hipervínculo representan la versión digital de ese mismo cantar. Promete la omnisciencia a golpe de clic, el acceso instantáneo a la respuesta sin haber recorrido la geografía de las preguntas. Sucumbir a ese estímulo nos convierte en navegantes a la deriva, devorados por la aceleración y la dispersión, y en muchos casos, en la misma desfragmentación de la unidad del ser humano. Proceso que da pie a su autodestrucción, a la violencia, a la intolerancia, al racismo y todos los “ismos” que separan a las personas, incluyendo el narcisismo. El humanismo digital debe recuperar, a mi modo de ver, tres estrategias fundamentales del viaje homérico: debe atarse al mástil del pensamiento crítico y la disciplina de la atención; activar con cera la capacidad selectiva del descarte, de la rectificación, pues la única forma de avanzar es aprender a decir “no” a la sobreabundancia de estímulos; guiar el timón de la nave en lugar de delegar el rumbo en el algoritmo; así, el hipervínculo y el motor de búsqueda son herramientas extraordinarias si se usan como instrumentos de navegación, pero son desastrosos si les cedemos la soberanía de nuestra propia curiosidad e iniciativa.

El viaje a Ítaca vale la pena no por la rapidez con la que se llega a la isla, sino por las transformaciones, los aprendizajes y las batallas interiores que el viajero experimenta a lo largo del camino. Si la tecnología nos ahorra el esfuerzo de pensar, nos está despojando de la esencia misma del aprendizaje. Las ciencias humanas y la informática deben aliarse no para acortar artificialmente la travesía, sino para dotar de mayor profundidad y horizonte al viaje de la inteligencia humana.

  • En el prefacio de su obra alude a “la brújula inexplorada y la arquitectura inacabada”. Si trasladamos esto al ecosistema digital, ¿cree que las herramientas de análisis de datos y la inteligencia artificial actúan hoy como esa brújula que expande las preguntas humanísticas, o corremos el riesgo de automatizar el pensamiento crítico?

Estas imágenes que menciona y que he utilizado en el prefacio de mi libro no son fortuitas; encierran un profundo significado humanista porque llevan implícitas cuestiones de calado como el impulso vital, la necesidad de mantener viva la llama de la vida, la curiosidad por aprender, las ganas de que no se apaguen las pasiones que nos mueven a la aventura del saber y de que todavía nos resta mucho por conocer. Cuestiones, todas ellas, profundamente humanas, ajenas a cualquier automatismo. Si bien todo esto es cierto, también lo es que, como expresé en su pregunta anterior, debemos preservar y garantizar el territorio del pensamiento; de lo contrario, estaríamos ante el contexto que menciona: la automatización del pensamiento crítico y, en consecuencia, la pérdida de la soberanía personal. La receta para evitarlo es compleja y múltiple, pasa por poner al ser humano en el centro del diálogo público, impidiendo que la herramienta sustituya la capacidad humana de pensar. Hemos de redefinir el propósito de la IA, recordando que las máquinas deben servir a la humanidad y no al revés. La verdadera ventaja competitiva y evolutiva no radica en procesar datos, sino en cultivar aquello que nos hace inherentemente humanos: las emociones, las relaciones, las identidades, las experiencias. La era de la IA es también la era de la búsqueda del humanismo. Es alcanzar el nuevo renacimiento que integra el mundo de la digitalización con el de las ciencias y las artes. Aprender a pensar en el todo, no solo es cognición, es también emoción y la una sin la otra quebranta la gestalt de la vida.

  • Como experto en educación superior y rector de universidad, en el libro aborda las grandes preguntas sobre cómo nos educamos. En un entorno cada vez más virtualizado, ¿cuál debe ser el núcleo irrenunciable del aula presencial y humanista frente a las plataformas de aprendizaje automatizado?

He defendido siempre que la universidad no es un simple contenedor ni un mero repositorio de contenidos académicos: es, sobre todo, una conversación dialéctica, una indagación compartida sobre la verdad y sus consecuencias. Una comunidad viva de personas que se reúnen para pensar juntas, dudar juntas y transformar la realidad.

Si la educación superior se reduce a la mera transmisión de información, a la memorización de conceptos o a la adquisición de competencias puramente mecánicas, entonces las plataformas de aprendizaje automatizado, los tutores algorítmicos y las inteligencias artificiales lo harán mejor, más rápido y con mayor alcance que nosotros. Si la universidad presencial pretende competir en el terreno de la mera instrucción eficiente, está condenada a la irrelevancia. Siempre he sostenido que a los animales se les entrena, mientras que a las personas se les educa. Por eso, ante la ola de virtualización que atraviesa el mundo académico, debemos tener la valentía intelectual de definir el núcleo irrenunciable del aula presencial y humanista sin menoscabo de todas las tecnologías a distancia. Ese núcleo no es tecnológico ni procedimental; es profundamente ontológico y ético. Por ello debemos combinar el factor humano y el contacto personal con las nuevas herramientas virtuales, digitales y tecnológicas, buscando siempre la eficiencia. Ambas cuestiones no son excluyentes, sino convergentes: la tecnología optimiza procesos y nos ayuda en el rendimiento; las personas construyen un proyecto colectivo, un sentido de pertenencia y al mismo tiempo, un impulso para el cambio permanente. Creo firmemente que el conocimiento no existe hasta que se comparte. Por ello, las instituciones líderes del futuro deben abrazar esta paradoja: debe ser un liderazgo emocionalmente inteligente, que medie tensiones, apoye en las crisis y motive en la incertidumbre, a lo que se suma el uso de las tecnologías bajo parámetros éticos. Las universidades abordamos el desafío de ser arquitectos de este equilibrio: usaremos los datos sin caer en el determinismo del algoritmo, automatizaremos tareas sin deshumanizar, innovaremos respetando y atendiendo a la tradición y salvaguardando todo aquello que funciona, porque el liderazgo genuino es siempre cuestión de personas y actúa recíprocamente.

La universidad del futuro no debe dar la espalda a las tecnologías virtuales ni a la automatización; debe utilizarlas para liberarse de las tareas burocráticas y repetitivas. Pero ese espacio ganado a la rutina debe reinvertirse en la humanización del campus. Frente a la hiperconectividad solitaria de las pantallas, el aula presencial debe erigirse en un santuario de la contemplación, del debate socrático y del compromiso comunitario. Solo así la educación superior seguirá siendo el faro que encienda el pensamiento libre y acompañe a las nuevas generaciones en su camino hacia Ítaca.

  • Uno de los pilares de las humanidades digitales es el archivo y la democratización del saber. En sus ensayos analiza la cultura contemporánea y el sentido de la vida. ¿Cómo lograr que el almacenamiento masivo digital de nuestra memoria histórica y literaria sirva realmente para construir conocimiento profundo y no solo acumulación de datos?

Nos encontramos ante una de las mayores paradojas de la civilización contemporánea: nunca habíamos tenido tanto acceso a la memoria registrada de la humanidad y, al mismo tiempo, corremos el riesgo de ser la cultura más desmemoriada de la historia.

Confundir el archivo digital con el conocimiento es un error categórico de enormes consecuencias éticas. El archivo masivo es un contenedor; el conocimiento es una vivencia transformadora. El servidor almacena megabytes de texto; la mente humana interpreta el sentido de la vida a través de ellos. Si democratizamos únicamente el acceso al depósito, pero descuidamos las capacidades críticas para habitarlo, no habremos creado una sociedad más sabia, sino un inmenso vertedero de datos.

Nuevamente, rescato la idea inicial de esta entrevista: no ceder jamás el territorio del pensamiento a ningún algoritmo y ejercer y ejercitar la reflexión y la capacidad crítica. Podremos tener un repositorio digital de datos, como antes hubo archivos, que nos facilite el acceso a la información, y no es malo, todo lo contrario. Pero lo insustituible es la simbiosis entre el pensamiento teleológico y la memoria reflexiva, indispensables en esta nueva era de la inteligencia artificial (IA), que nos permitirá distinguir entre lo plausible y lo falso, detectar sesgos y evitar el sedentarismo cognitivo y, más importante aún, controlar a los controladores, ser capaces de autocontrolarnos como desiderátum del desarrollo humano.

Y en este contexto, juegan un papel crucial la educación, los educadores, las instituciones, las familias y las personas: debemos trabajar para educar en la autonomía del pensamiento. Solamente así podremos evitar la delegación cognitiva, pues asumir respuestas automáticas sin verificar las fuentes y sus consecuencias, debilita el análisis y el recuerdo. Desde la educación, debemos promover también la diversidad creativa y del pensamiento, pues los modelos generan solo ideas similares y nos abocan al pensamiento único. Por tanto, debemos reorientar los procesos de evaluación: valorar y ejercitar la argumentación, la calidad de la duda y la autoría crítica. Estoy convencido de que el mundo del futuro pondrá el acento en la autoevaluación y la autoresponsabilidad, y no tanto en el control social de quienes deben ser controlados por la propia sociedad.

El verdadero reto de las humanidades digitales es lograr que la inmensidad del archivo no nos aplaste, sino que nos sirva de plataforma para elevar la mirada y seguir buscando la verdad, la reflexión, la autonomía de pensamiento y la soberanía personal.

  • Usted explora en el libro su experiencia con Skinner y la filosofía de la libertad. Hoy en día, los algoritmos de recomendación y las redes sociales operan según principios de condicionamiento conductual muy estrictos. ¿Cómo puede el nuevo humanismo digital ayudar a los usuarios a recuperar su autonomía frente al diseño predictivo de las Big Tech?

Skinner demostró con rigor que el ser humano es extraordinariamente vulnerable al reforzamiento positivo. Las grandes corporaciones tecnológicas han heredado esa premisa para articular un mecanismo digital: no necesitan cadenas ni censura directa para someter la voluntad; les basta con diseñar entornos de refuerzo intermitente que convierten la atención humana en un bucle predictivo. No olvidemos que Skinner se refería al dinero como un reforzador generalizado. Hoy presenciamos la materialización tecnológica del experimento skinneriano a escala global. El problema está en cómo hacemos de otras conductas reforzadores generalizados más potentes que el dinero: compasión, compartir, esforzarse, tolerar, amar, ayudar, cuidar…

Frente a esta captura de la voluntad, la respuesta del humanismo digital, en la era algorítmica, debe centrarse en la verdadera autonomía y la soberanía personal. El primer paso es desvelar la arquitectura del control. Skinner tenía razón en que no somos libres si ignoramos las causas que nos determinan; por ello, el humanismo digital debe formar ciudadanos capaces de comprender la lógica del diseño conductual, desarrollando una conciencia crítica sobre los sesgos y los incentivos que modelan su interacción con la pantalla. En segundo lugar, debemos repensar la educación como formación de la voluntad y no de la mera competencia: la tecnología actual está diseñada para erosionar la capacidad de atención profunda y la contemplación, ambas son la base del juicio ético y el pensamiento crítico.

La educación humanista, por tanto, debe revalorizar el silencio, la espera, la incertidumbre y el esfuerzo, frente a la gratificación instantánea prescrita por los algoritmos. El diseño predictivo busca reducir la existencia humana a una serie de respuestas esperadas para comercializar la conducta futura. La búsqueda de Ítaca —como metáfora de la realización personal y del aprendizaje a lo largo de la vida— exige reivindicar la verdadera libertad humana, que reside en la capacidad de romper la serie estocástica, de elegir lo improductivo y de mantener el timón ético del propio destino. Evitemos ser sujetos consumidos y apostemos por ser sujetos creativos y creadores. Es un error, creer que Skinner no le daba la importancia que tiene a la caja negra. BF, tal como tituló su libro, estaba más allá de la libertad y la dignidad. Su gran apuesta utópica por una libertad por elevación consiste en lograr que el ser humano sea capaz de eliminar los controles de los controladores (sociales, económicos y políticos) y sustituirlos por el autocontrol de las personas. Cuanto más autocontrol ejerzamos, mayores cotas de libertad adquirimos.

  • Las humanidades digitales nos permiten analizar miles de textos a la vez (lectura distante). Sin embargo, su libro invita a “detenerse, pensar y mirar la realidad con perspectiva”. ¿Es posible reconciliar la escala masiva de la computación con la mirada íntima y reflexiva que propone en sus ensayos?

La tensión que señala impacta directamente en el corazón de la encrucijada cultural contemporánea: la tentación de confundir la escala del procesamiento de datos con la profundidad de la comprensión. La Distant Reading, acuñada en el campo de las humanidades digitales, posee un valor innegable: nos otorga un telescopio computacional capaz de observar galaxias de textos, revelar estructuras soterradas y derivas conceptuales que a un solo individuo le tomaría varias vidas cartografiar. Negar la potencia heurística de este macroanalizador sería tener ceguera intelectual. Sin embargo, comporta el gran riesgo de sucumbir a una nueva forma de positivismo cuantitativo: la creencia de que, al acumular patrones procesados por la máquina, hemos agotado el sentido de la condición humana. La máquina procesa sintaxis y correlaciones; el ser humano interpreta la semántica profunda, la ética y la trascendencia.

Por ello, la reconciliación entre la escala masiva de la computación y la mirada íntima que propongo en Buscando a Ítaca no solo es posible, sino también urgente. Debemos trabajar para hacer converger ambos puntos de vista: la potencia del algoritmo debe estar al servicio de la intuición del humanista, usemos la computación para otear el bosque, conscientes de que el verdadero acto de pensar exige internarse en el texto e inspeccionar cada detalle, detenerse y disfrutar de cada hoja. La macrovisión debe ser una invitación a la microvisión, un mapa para saber exactamente dónde debemos detenernos a meditar. Detenerse y mirar con perspectiva significa someter la masa de datos al tamiz de la duda metódica, del juicio crítico y de la sensibilidad estética. La máquina nos da la respuesta estadística; el ser humano debe formular la pregunta ética.

  • En entrevistas recientes ha mencionado que quienes emigran son hijos de Ulises. En la actualidad existe una migración masiva hacia entornos identitarios puramente digitales (metaversos, identidades virtuales). ¿Qué vacíos psicológicos o éticos detecta en esta nueva forma de “migración digital”?

Cuando afirmo que los migrantes somos «hijos de Ulises», yo también lo soy, me refiero a esa condición profundamente humana de abrazar la intemperie, de cruzar mares inciertos cargando con la memoria y la nostalgia para construir un horizonte de dignidad en una tierra extraña. El viaje de Ulises exige valor, riesgo, la confrontación con la alteridad y, sobre todo, el deseo ontológico de regreso a la patria, a la Ítaca de la verdad personal.

La “migración digital” que presenciamos hoy responde a una naturaleza diametralmente opuesta: no es un viaje de descubrimiento, sino un éxodo de evasión. No se emigra hacia lo virtual para habitar el mundo, sino para huir de él. Detecto en este fenómeno grietas de una enorme gravedad psicológica y ética: existe el vacío ontológico de la incorporeidad, pues la identidad hiperconstruida en el entorno digital erradica la finitud y la fricción de la vida real, lo que se obtiene no es libertad, sino una existencia anestesiada. Se migra hacia un entorno donde nada duele, pero donde nada es plenamente real. Por otra parte, veo un vacío psicológico provocado por la identidad “a la carta”: el migrante tradicional sufre la tensión de adaptar su identidad a una nueva cultura sin perder su esencia. El “migrante digital”, en cambio, cae en la trampa del solipsismo o del subjetivismo radical al crear una identidad a la medida de sus deseos, un yo purificado de imperfecciones. Esto produce una fragilidad psíquica inaudita y nos acerca al narcisismo como parte del antiaprendizaje. Cuando la imagen virtual es perfecta y la vida cotidiana es compleja, el sujeto termina sintiéndose un extranjero en su propia piel, atrapado en una disociación perpetua, y vemos las consecuencias en personas muy jóvenes sin capacidad para soportar la frustración.

Finalmente, asistimos a un vacío ético y a la disolución de la polis: la ética nace de la imposibilidad de “bloquear” al vecino; en el espacio físico, el otro se nos impone con su diferencia y nos exige responsabilidad, tolerancia y compromiso comunitario. Los entornos virtuales y los metaversos están diseñados como cámaras de eco en las que el usuario habita solo entre quienes refuerzan sus propios sesgos, lo que pone coto a la diversidad, la tolerancia o la fraternidad. Esta migración destruye la empatía cívica: si el mundo real nos parece hostil o complejo, nos refugiamos en la simulación y abandonamos el deber ético de transformar la sociedad para dejar a nuestras generaciones venideras un mundo mejor que el que heredamos. Frente a este destierro voluntario, el nuevo humanismo debe recordar que el verdadero viaje no consiste en crear un avatar sin cicatrices en un universo paralelo, sino en aprender a habitar nuestra propia humanidad en el mundo real. La Ítaca que buscamos no está en la nube; está en la reconexión profunda con el prójimo, con la naturaleza, con la realidad del sufrimiento y el hecho de que es inevitable y superable, y con la verdad inconclusa de nuestra propia existencia.

  • En las páginas iniciales del libro define cada capítulo como una aguja orientada hacia un mar hermoso y tormentoso: el “experimento humano”. Si el experimento humano se está reescribiendo ahora mismo en código de programación, ¿qué papel juegan los filósofos, metodólogos e historiadores en el diseño del software del mañana?

Ciertamente, su pregunta es de extraordinaria riqueza metateórica. Cuando utilizo en el libro la metáfora de la aguja orientada hacia ese mar hermoso y tormentoso que es el «experimento humano», lo hago con la convicción de que navegar sin el rumbo del humanismo y la ética solo puede conducirnos al naufragio.

Hoy, ese «experimento humano» se está reescribiendo en lenguajes de programación, redes neuronales y arquitecturas de datos. Sin embargo, hemos cometido un error epistemológico de proporciones históricas: asumir que la construcción del nuevo mundo digital es una tarea puramente técnica que compete en exclusiva a ingenieros de software, analistas de datos y arquitectos de sistemas. El código no es neutro, es filosofía congelada: cada algoritmo encierra una antropología implícita, una noción del bien, del valor, de la verdad y de la ética. Si permitimos que el código del futuro sea escrito sin el concurso de la mirada humanista, estaremos programando un futuro eficientista pero profundamente deshumanizado. Por eso, el papel de filósofos, metodólogos e historiadores no es el de meros supervisores éticos a posteriori, sino el de co-creadores imprescindibles de la arquitectura tecnológica.

Si el código es la nueva gramática con la que estamos escribiendo el destino del ser humano, las universidades y los centros de desarrollo tecnológico deben promover con urgencia una interdisciplinariedad radical. Pues no necesitamos ingenieros que ignoren las humanidades ni humanistas que no sepan lógica computacional. Necesitamos pensadores capaces de sostener la aguja de la brújula que señala el norte mientras se traza el código, garantizando que el «experimento humano» siga siendo una aventura abierta a la belleza, la incertidumbre, la libertad y la búsqueda constante de esa Ítaca que da sentido a nuestra existencia.

  • Su libro aborda la política y la equidad social en el acceso a la cultura. ¿De qué manera las Humanidades Digitales pueden suponer un avance real en lugar de convertirse en una disciplina de élite accesible solo a universidades con gran infraestructura tecnológica?

Esta pregunta aborda uno de los debates más apremiantes en la sociología del conocimiento y en la política educativa: la gentrificación académica. Si las Humanidades Digitales se conciben únicamente como el uso de algoritmos complejos, supercomputación y costosas licencias de software propietario para procesar datos a gran escala, estaremos ante una disciplina de élite. Se crearía así una diplomacia académica asimétrica, en la que unas pocas universidades o centros de investigación monopolizarían la capacidad de investigación y el resto del mundo quedaría reducido a meros espectadores o a proveedores pasivos de datos. Esto sería la negación misma de la equidad social y del espíritu humanista. Para que las Humanidades Digitales supongan un avance emancipador real, deben articularse en torno a un compromiso ético, social y político.

El acceso a la cultura y al conocimiento no puede ser un privilegio de clase ni una ventaja competitiva corporativa o de países más o menos avanzados; es un derecho humano fundamental. Si las humanidades digitales no sirven para acortar las brechas de desigualdad, para descentralizar el saber y para dar voz a los olvidados de la historia, habrán fracasado en su misión esencial. El verdadero desafío del nuevo humanismo no es construir laboratorios digitales inaccesibles, sino poner la tecnología al servicio de una cultura abierta, compartida y universal, capaz de tejer puentes de equidad en cada rincón del planeta.

  • Si tuviera que resumir el propósito final de Buscando a Ítaca para las nuevas generaciones de investigadores que trabajan en la intersección de la informática y las letras, ¿cuál diría que es el “verdadero norte” que no debemos perder de vista en este cambio de época?

Si tuviera que condensar el mensaje fundamental de Buscando a Ítaca para los jóvenes investigadores que navegan en esa frontera fascinante y compleja donde se cruzan el silicio y las letras, el código y la poesía, les diría simplemente esto: jamás confundan la sofisticación de la nave con el sentido del viaje. Vivimos un cambio de época en el que la fascinación por la técnica amenaza con eclipsar el propósito mismo de la existencia. Las herramientas computacionales —los modelos de lenguaje, el análisis de grandes volúmenes de datos, la inteligencia artificial— son velas extraordinarias que pueden impulsar nuestra comprensión a velocidades antes inimaginables. Pero una nave sin timón o con un rumbo equivocado solo llega más rápido al naufragio.

Ese «verdadero norte» se sostiene en varias certezas innegociables: el ser humano como eje del desarrollo, como fin supremo, nunca como insumo algorítmico; la primacía de la pregunta profunda sobre la respuesta rápida; y la preservación de la duda, del pensamiento crítico y de la ilusión, o de la capacidad de asombro. A las nuevas generaciones les corresponde una responsabilidad histórica: ser los verdaderos humanistas del código. Ojalá que no permitan que la tecnología absorba las letras hasta despojarlas de su alma, ni que las letras se aíslen en una torre de marfil, ignorando el lenguaje de su tiempo. Tanto los nuevos profesionales como los investigadores deben tener en cuenta que el mundo del futuro no estará en manos de los especialistas, sino de todos los que sepan integrar los conocimientos de su especialidad con los de quienes no forman parte de ella y que constituyen la esencia cognitiva y afectiva de todos los saberes. Nos espera un nuevo renacimiento que integre el conocimiento real y virtual.

Mantenemos el rumbo hacia Ítaca cuando utilizamos la técnica no para reemplazar el pensamiento, sino para ensancharlo; no para automatizar la existencia, sino para dotarla de una mayor profundidad. Ese, y no otro, es el compromiso ético que debe guiar cada línea de código y cada página escrita en la universidad del mañana.


@ 2026 Miguel Ángel Escotet. Todos los derechos reservados. Se puede reproducir citando la fuente y al autor. Entrevista que me hace la Dra. Arantxa Serantes, reproducida fielmente de la publicada por la Revista Humanista Digital en su edición del 29 de septiembre de 2026.

@ Créditos de las ilustraciones: La foto del entrevistado es la misma que se ha publicado en la versión original de la entrevista de Humanista Digital. La portada corresponde a la primera edición del libro, de 488 páginas, en versión encuadernada, publicada por Planeta de Barcelona en junio de 2026. Puede adquirirse directamente en Amazon. Finalmente, la ilustración superior que identifica el artículo es una creación de IA para este artículo del Blog que representa la Ítaca de Ulises y la brújula de navegación, a la que el libro en mención se refiere en muchas ocasiones.