
- October 26, 2026
- Antiviolencia, Convivencia, Música, Música aborigen, Música Clásica, Neurociencia, Psicología, Salud Mental
Somos todos conscientes de que la melodía atraviesa fronteras geográficas, barreras lingüísticas y dogmas políticos, pues se adentra donde las palabras o la diplomacia tradicional no llegan. Permite que comunidades con cosmovisiones opuestas encuentren un terreno común sin necesidad de compartir el mismo idioma. Nos lo deja muy claro Orfeo, cuyo cántico une dos mundos antagónicos. Detrás del significado de esta bella parábola de Orfeo podemos situar lo que, en investigación neuropsicológica, denominamos el «cerebro sinfónico»; no podríamos entender a Orfeo sin atender a esa parte de nuestra psique. Y es que, desde la perspectiva de la psicología del aprendizaje, la melodía no es un constructo superficial, sino un estado complejo, una tecnología del espíritu capaz de moldear y reorganizar nuestras estructuras neuronales. Sus melodías no eran marchas militares ni arengas musicales para la confrontación. Pero al cabo de siglos, el ser humano ha progresado poco en cuanto a las conductas violentas. La convivencia crece más lentamente que la confrontación. No hemos logrado que gobernantes y gobernados apelen a conductas racionales que reduzcan la agresividad hacia los demás. El progresismo no ha sido capaz de contener ni superar las sociedades del odio entre seres humanos. La música, en cierto modo, puede contribuir a conductas nobles; quiero pensarlo ingenuamente.
Cuenta la tradición helénica que la lira y el canto de Orfeo poseían un poder que trascendía el mero deleite sensorial: su armonía era capaz de apaciguar la furia de las fieras, alterar el curso de los ríos, imponer la concordia sobre el propio caos e incluso recuperar a su amada Eurídice del inframundo. El mito del bardo de Tracia es una alegoría del poder emocional y sensible de la música en la cultura humana. Supo capturar a la perfección la victoria de la sensibilidad y la belleza como elementos cohesionadores frente a otros atributos que habitualmente se les atribuían a los héroes clásicos, tales como la fuerza, el poder o el dominio de la naturaleza. Nos presenta la música como un lenguaje primario y común a cualquier cultura o civilización, capaz de moldear nuestros afectos, conmover nuestra psique y canalizar lo inexpresable.

¡Qué duda cabe sobre la capacidad de la melodía para conectar con las fibras más ancestrales de cada uno de nosotros! Me refiero a los sentimientos más profundos e intrapersonales, pero también a los estados emocionales relacionados con la alteridad, la solidaridad y la empatía hacia nuestros semejantes. En cuanto al ámbito introspectivo, la música es capaz de derribar las defensas emocionales más rígidas; pensemos en el Cerbero de la leyenda órfica, el monstruoso perro de tres cabezas, que sucumbe ante la cítara de Orfeo y le da acceso al inframundo. La música también cumple una función catártica, pues ayuda a procesar los sentimientos que nos afectan. Ofrece voz a esas emociones complejas para canalizarlas, incluso cuando las palabras resultan insuficientes para explicar emociones como el miedo, la pérdida, el desamor, la nostalgia, la vulnerabilidad, pero también la alegría, la gratitud, el asombro, la inspiración, la ilusión por aprender o el amor.
En este sentido, en el segundo de los ámbitos a los que hice referencia, el interpersonal, el relativo a las relaciones de otredad y convivencia, la sinfonía funciona como un lenguaje universal capaz de unir a comunidades enteras por encima de sus diferencias, actuando como catalizador, como un puente directo entre corazones. Somos todos conscientes de que la melodía atraviesa fronteras geográficas, barreras lingüísticas y dogmas políticos, pues se adentra donde las palabras o la diplomacia tradicional no llegan. Permite que comunidades con cosmovisiones opuestas encuentren un terreno común sin necesidad de compartir el mismo idioma. Nos lo deja muy claro Orfeo, cuyo cántico une dos mundos antagónicos: el de los vivos y el de los muertos. Lamentablemente, estamos en un momento histórico en los países occidentales en el que la violencia prevalece sobre la convivencia. No hemos logrado que gobernantes y gobernados apelen a conductas racionales que reduzcan la agresividad hacia los demás. Precisamente, en mis investigaciones sobre el aprendizaje cultural en los años setenta, que realicé con los indios navajos del suroeste del estado de Colorado, pude observar que, cuando el odio aparecía entre ellos, lo disipaban rápidamente con cánticos compartidos que movían su espíritu hacia la reconciliación. Así como existe la música para inspirar y reforzar el amor, también existe la música para extinguir el odio, lo que, en este caso, simboliza la superioridad de muchas culturas aborígenes en el arte de convivir frente a gran parte de nuestras culturas occidentales, que, vanidosamente, nos declaramos civilizadas a pesar de cultivar la cultura de la confrontación y la guerra.
Detrás del significado de esta bella parábola de Orfeo podemos situar lo que, en investigación neuropsicológica, denominamos el «cerebro sinfónico»; no podríamos entender a Orfeo sin atender a esa parte de nuestra psique. Y es que, desde la perspectiva de la psicología del aprendizaje, la melodía no es un constructo superficial, sino un estado complejo, una tecnología del espíritu capaz de moldear y reorganizar nuestras estructuras neuronales. A diferencia de otros lenguajes, como el verbal, que tiende a concentrarse en áreas más localizadas del hemisferio izquierdo, el código musical propone una precisión epistémica distinta, pues procesar o escuchar música estimula redes distribuidas por todo el cerebro de manera simultánea. La integración orquestal es una función altamente diferenciada que involucra una sinfonía de regiones neuronales implicadas en la audición, el control motor, la emoción, la memoria y la función ejecutiva, tal y como señalan los neurocientíficos Robert Zatorre y Valorie Salimpoor.

La capacidad de la música para evocar emociones intensas, incluso inexplicables, es una de sus características más definitorias. Este mecanismo está influido en gran medida por el sistema límbico, el núcleo emocional del cerebro. Es una región clave del circuito de recompensa; libera dopamina en los momentos de mayor respuesta emocional ante la melodía, activando nuestros impulsos primarios de supervivencia, a pesar de que la música es un factor cultural abstracto, no primario. Además, está estrechamente vinculada a la memoria: el hipocampo, vital para la formación de recuerdos declarativos, mantiene fuertes conexiones con la corteza auditiva. Esto explica por qué una melodía puede desencadenar de inmediato una vívida memoria autobiográfica; de hecho, este fenómeno persiste incluso en pacientes con enfermedad de Alzheimer, aun cuando otros recuerdos se han desvanecido. Y es que la música es una llave que libera, un estímulo que evoca recuerdos emocionales y episódicos que, de otro modo, serían inaccesibles.
Estudios de neuroimagen, como el del neurólogo Gottfried Schlaug, sostienen que la formación musical a largo plazo induce profundos cambios neuroplásticos: la capacidad del cerebro para reorganizarse mediante la formación de nuevas conexiones neuronales. Por todo ello, las aplicaciones clínicas de la música están hoy día consolidadas; su uso estructurado, por ejemplo, constituye la base de la musicoterapia. Los especialistas la utilizan para abordar objetivos clínicos como mejorar la comunicación en el trastorno del espectro autista, controlar los síntomas de la depresión, favorecer la expresión emocional en situaciones de trauma —como el trastorno de estrés postraumático (TEPT)— o facilitar la rehabilitación motora tras una lesión neurológica. Su naturaleza no verbal y su capacidad para eludir las defensas cognitivas la convierten en un medio terapéutico único.

Es evidente que la música ejerce una influencia profunda y multifacética en el bienestar y la salud mental de las personas, especialmente la música clásica. Sus beneficios abarcan los ámbitos emocional, cognitivo y social, lo que la convierte en un recurso poderoso y accesible para nuestra salud. En el fondo, tal como lo expongo en mi libro Buscando a Ítaca, el arte sonoro es mucho más que un simple adorno auditivo; actúa como un mecanismo versátil y fácilmente accesible, capaz de regular nuestras emociones, agudizar nuestra mente, conectarnos con los demás y facilitar la sanación. La melodía canaliza el lenguaje universal; estimula el desarrollo cognitivo y afectivo; reduce el estrés negativo y favorece el positivo; fortalece la memoria; mejora la resistencia y el rendimiento; promueve la adopción de conductas ante la incertidumbre; configura patrones y esquemas cognitivos en el aprendizaje cultural; e incluso compensa emocionalmente la soledad y refuerza las emociones en compañía. El arte de la música —como expresó Oscar Wilde— es el que más cercano se halla a las lágrimas y los recuerdos.
Más allá de todo ello, existe una enseñanza ética en el ejercicio de la música sinfónica. En una trama orquestal, la voz individual no existe de manera aislada ni busca la imposición narcisista, sino que cobra su sentido auténtico en la consonancia, en el respeto a la diversidad de timbres, en la autodisciplina y en la capacidad de guardar silencio para escuchar la entrada del otro. La orquesta es, en sí misma, la alegoría más sutil de la convivencia social y democrática. Ciertamente, toda praxis cultural verdaderamente innovadora debe propiciar la alteridad y el reconocimiento del otro; por ello, aprender a sentir y comprender el arte sonoro es, en cierto modo, aprender a descodificar las emociones ajenas, a ejercitar la empatía y el respeto, y a liberarse de los prejuicios. La vivencia de la música cultiva un sentido de responsabilidad colectiva y nos adentra en esa tarea pedagógica fundamental, a la que me he referido tantas veces, que es «aprender a aprender en compañía».
Retomo el mito prehomérico de Orfeo, que se remonta a la época micénica, anterior al siglo VIII a.C., para constatar que ya entonces los griegos supieron comprender que allá donde las palabras fallan, la música es capaz de hablar. La leyenda órfica nos recuerda que la melodía es esa llave capaz de abrir las estancias más profundas de la naturaleza humana, la fuerza idónea para sobrellevar la incertidumbre, el puente más certero entre nuestro yo emocional, sensitivo e intelectual. Porque el cerebro es, en esencia, un órgano sinfónico y la música es su lengua materna. Confiemos en que las sociedades lleguen a reemplazar el odio, la violencia y las conductas agresivas y totalitarias, dejándose llevar por la cítara de Orfeo: iluminando la razón, pacificando las emociones y proporcionándonos herramientas de pensamiento libre y crítico para continuar, en fructífera compañía, la aventura interminable de aprender a ser.
@ Miguel Ángel Escotet. Este breve ensayo se basa en mi presentación del ciclo de música de cámara 2026-27 de la Orquesta Sinfónica de Galicia, Sede Afundación, en A Coruña, el 26 de octubre de 2026.