
- October 16, 2026
- A Coruña, Arquitectura, Arte, Ensayo, Humanismo, Innovación, Pintura, Psicología, Tecnologia, Urbanismo
La verdadera innovación es aquella que sabe integrar de igual manera la memoria histórica y su proyección hacia el futuro, la sabiduría popular, la creación contemporánea, el desarrollo sostenible y la tecnología al servicio del ser humano. Vitor Mejuto demuestra que innovar y mirar al futuro implica respetar las identidades, la cotidianidad y los modos de vida, porque en cada una de estas perspectivas siempre se encuentra una obra de arte si se sabe mirar al unísono con el cerebro y el corazón.
«Supongamos que la ciudad no fuera una mera morada de piedra, sino un ser psíquico en el que nada de lo que una vez se erigió hubiera desaparecido, y donde, junto a la última fase de su desarrollo, pervivieran intactas todas las anteriores» Sigmund Freud.

Es precisamente en esa intersección entre tecnología y humanismo donde se sitúa la exposición del artista Vítor Mejuto, «Coruña Cidade», en la que ejerce la función de intérprete de la conciencia colectiva de nuestra ciudad, proponiéndonos una praxis de observación analítica y sensible del espacio urbano; una hermenéutica del entorno inmediato que invita a descodificar la dimensión estética implícita en nuestra vivencia diaria y a rescatar aquella memoria visual que con frecuencia permanece al margen de la percepción consciente.
En este trabajo, Mejuto actúa como un observador atento de la conducta y del entorno. Su mirada no se detiene únicamente en la monumentalidad o en la arquitectura sujeta a un estricto canon, sino en lo que él denomina la «epidermis urbana»: esa piel vibrante de la ciudad, donde la tradición popular, las respuestas ingeniosas a problemas cotidianos y el pulso de la vida corriente dejan su impronta imborrable.
A través de una abstracción depurada y un dominio de la geometría y el color, Vítor descompone la estructura visual de nuestra ciudad. Encontraremos en esta muestra la cadencia ascendente de las fachadas de la rúa Laxe, los contrastes del alicatado de la Plaza de San Roque, los ritmos modernos y comunitarios del Barrio de las Flores o la rotundidad estructural de la cubierta del Mercado de San Agustín.
De esta manera, el artista nos revela que la belleza urbana es una construcción cultural, pero también psicológica, pues del mismo modo que un problema psíquico complejo encuentra su cauce en el pensamiento, la arquitectura popular resuelve sus tensiones espaciales con soluciones pragmáticas, ingeniosas e incluso provisionales. Opciones humildes y creativas, pero que acaban por sostener la trama y el alma del tejido urbano con la misma dignidad que los grandes monumentos históricos.
Esta comprensión de la ciudad como un organismo vivo y psíquico resulta fundamental para abordar los desafíos actuales. Desde la perspectiva de la psicología social, defender una ciudad humanista implica impulsar la innovación orientada a la convivencia, al sentido ético y al propósito. Así es que una ciudad verdaderamente inteligente, puntera y de vanguardia no es aquella que despliega tecnología de última generación o acelera sus ritmos, sino ese núcleo urbano capaz de poner en el centro la calidad de vida, el bienestar de las personas y la creatividad para buscar soluciones a sus aspiraciones, necesidades o problemas.
La verdadera innovación es aquella que sabe integrar de igual manera la memoria histórica y su proyección hacia el futuro, la sabiduría popular, la creación contemporánea, el desarrollo sostenible y la tecnología al servicio del ser humano. En este sentido, la propuesta de Vítor Mejuto es, a mi modo de ver, profundamente vanguardista, si bien no soy especialista en el tema; toma el lenguaje universal y sintético del arte abstracto para ponerlo al servicio de la resiliencia territorial. El artista demuestra que innovar y mirar al futuro implica respetar las identidades, la cotidianidad y los modos de vida, porque en cada una de estas perspectivas siempre se encuentra una obra de arte si se sabe mirar al unísono con el cerebro y el corazón. ¡Enhorabuena, Víctor! Y que también extiendo a Fernando Agrasar, el comisario de la exposición, que ha sabido crear, a través de ella, un discurso distribuido y coherente con lo que el artista quiere contarnos.
Existe una alineación directa entre Afundación, donde presentamos esta exposición, y la mirada humanista del arte de Mejuto, pues concebimos el arte y la educación como catalizadores indispensables para el desarrollo de las personas y la cohesión social. Reitero mi cordial felicitación a Vítor Mejuto por este magnífico ejercicio de síntesis visual y sensibilidad social, pues nos regala una Coruña destilada en su más pura esencia formal, geométrica y cromática. Su exposición trasciende la mera exégesis plástica del entorno y constituye, en un sentido epistemológico estricto, una refundación del modo en que aprehendemos la ciudad: una síntesis dialéctica en la que la razón geométrica y la memoria intuitiva convergen para otorgar nitidez a la experiencia urbana.
En una actualidad dominada por la fascinación instrumental de la técnica y por un urbanismo cuantitativo que reduce la convivencia a meros flujos funcionales, el arte de Mejuto nos recuerda que la verdadera vanguardia es ética, emocional y cognitiva. La técnica al servicio del ser humano no anula la memoria ni despoja al espacio de su carga simbólica, sino que eleva la praxis diaria a la categoría de conocimiento. Así, al desarticular el ruido de lo cotidiano y reducir la forma a su dimensión cromática y geométrica más pura, la pintura de Mejuto opera como un catalizador de la memoria colectiva, revelándonos —tal y como Freud nos adelantaba en El malestar de la cultura— que A Coruña no es solo un mapa de soluciones arquitectónicas, sino un espacio psíquico habitado por las huellas de nuestra propia experiencia humana.
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