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Catchall Blog/ Cajón de sastre

Un tambor que despierte pasiones. Pensamientos intimistas de un lector empedernido

Los escritores son esos maestros capaces de acercarnos a la aventura del lenguaje a la vez que inspiran nuestro pensamiento y son competentes para estructurar la conciencia de sus lectores, promoviendo la reflexión, el conocimiento y el pensamiento crítico. Un grato encuentro y reencuentro con estos creadores de sueños y realidades a través del lenguaje propician mis cavilaciones sobre la importancia de la escritura, la lectura, el pensamiento y la deontología de la palabra.


Dijo el fabulista clásico Esopo que la gratitud convierte todo lo que tenemos en suficiente y además ennoblece nuestras almas. Por eso agradezco noblemente al destino que haya cruzado nuevamente la vida de Sergio Ramírez, escritor, periodista y exvicepresidente de Nicaragua, con la mía. Hace unos días nuestros caminos han vuelto a unirse alrededor del Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba en su XLIV edición, siendo Sergio jurado del galardón por vez primera y yo en mi condición de presidente de la entidad. Fue una sorpresa amable y entrañable haberlo encontrado en el contexto de las letras y el periodismo.

Sergio fue compañero de las filas universitarias desde hace muchos años. Nos cruzamos por primera vez allá por el año 1975 en el Lago de Chapala del estado de Jalisco y en Guadalajara, México, siendo Sergio secretario general del CSUCA, el Consejo Superior Universitario Centroamericano, en donde también fundó en San José de Costa Rica, como hombre amante de las letras, la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA). De alguna forma nos encontramos un buen número de veces en ámbitos académicos, también alrededor del Grupo de los Doce, en el que él participaba y reunía a algunos de mis también buenos amigos como Carlos Tünnermann o el jesuita Fernando Cardenal y su hermano Ernesto Cardenal, el poeta de Solentiname. Trabajando en la retaguardia estaban también Ignacio Ellacuría y Xabier Gorostiaga, mi hermano de espíritu y convicción, junto a ellos un grupo de intelectuales, académicos y empresarios decisivos para el devenir de Nicaragua y para la historia de nuestro tiempo, hicieron una audaz y necesaria oposición a la dictadura somocista. Durante el período que duró su vicepresidencia en este país, así como actualmente desde su exilio, ha sido y es un ejemplo de entereza, de compromiso ético, de mentalidad abierta y renovadora y de resiliencia. Como literato ha cultivado diferentes y diversos géneros: el cuento, la novela, el ensayo y los testimonios. Lleva más de cincuenta títulos bajo la piel para la alegría, eso sí, de nosotros los lectores. Una carrera que ha sido reconocida hasta con el Premio Cervantes, el más importante de la literatura en lengua española, que le fue otorgado en 2017.

El premio Julio Camba me ha acercado también a Jaime Abello, colombiano, costeño y barranquillero, cofundador y director general, por más de veinte años, de la Fundación Gabo en Cartagena de Indias, a quien tuve el placer de conocer recientemente. Él atesora y mantiene vivo el legado y el recuerdo de una de las más grandes voces dentro de la creación literaria universal, Gabriel García Márquez. Comenzó a gestar y a trabajar en ese proyecto de la Fundación Gabo desde el momento en el que el propio García Márquez lo buscó para que le ayudase a realizar su idea de ofrecer talleres para la formación práctica y la indagación de la excelencia en el periodismo. Encontrarle trae a mi memoria los programas sobre sostenibilidad de la Fundación AVINA, creada por el filántropo suizo Stephan Schmidheiny, en la que Jaime Abello colaboró, desde el ámbito de la comunicación, con programas de formación periodística que todavía mantienen a través de la Fundación Gabo. Aunque es egresado de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá ha dedicado su vida profesional al periodismo, la comunicación y la cultura. “Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidarse es difícil para quien tiene corazón”. Evoco estas palabras del propio García Márquez y, tras este encuentro, no me cabe duda de que Jaime y la Fundación Gabo ponen difícil al olvido y muy fácil al recuerdo tratándose del legado de Gabriel García Márquez.

Este grato encuentro y reencuentro con estos creadores de sueños y realidades a través del lenguaje propician mis cavilaciones sobre la importancia de la escritura, la lectura, el pensamiento y la deontología de la palabra.

Reproducción de la escultura que acompaña al Premio, que representa la estatuilla con la caricatura de Julio Camba, obra del artista y dibujante Siro López

Desde el inicio de los tiempos, el ser humano ha reflexionado sobre la importancia de la palabra como elemento creador que nos permite definir el mundo. Pensemos, por ejemplo, como en la tradición cristiana Adán puso nombre a todos los seres de la naturaleza, o como el mito judío del Zohar muestra cómo Dios creó todo lo que existe a través del verbo. Recordemos, también, la alegoría de la torre de Babel, en la que los seres humanos compartían un mismo código de palabras que les permitió pensar en elevar una torre para llegar al cielo. En otro tipo de contextos, las palabras fueron símbolo de la razón, los griegos, por ejemplo, pensaban que solamente ellos poseían el poder del logos porque eran civilizados. Posteriormente y hasta nuestros días se ha escrito y reflexionado extensamente sobre el origen del lenguaje, diversas teorías y autores intentan desentrañar el misterio. Los conductistas, los mentalistas, las teorías cognitivas, como la del aprendizaje y la teoría histórica-cultural, o la hipótesis sociológica, procuran descifrar el apasionante enigma de la palabra.

Por encima de este palpitante debate secular, lo que sí es meridianamente cierto es que los seres humanos nos definimos como tales en el lenguaje. Qué duda cabe de que cada uno de nosotros construimos la realidad a partir del verbo: desde el lenguaje corporal, la expresión oral y desde la palabra escrita. Las dos primeras, que son consustanciales al ser humano, nos permiten comunicar nuestro mundo interior y la percepción del mundo exterior; la tercera, la escritura, aporta una función epistémica que posibilita la construcción del pensamiento, lo delimita y lo modifica, imprimiéndole un carácter lineal o ramificado y discursivo.

Así, los escritores son esos maestros capaces de acercarnos a la aventura del lenguaje a la vez que inspiran nuestro pensamiento y son competentes para estructurar la conciencia de sus lectores, promoviendo la reflexión, el conocimiento y el pensamiento crítico.

Portada del libro del Premio Internacional Afundación Julio Camba en su 40 aniversario

Este galardón, que, por una parte, nos ha reunido nuevamente a Ramírez y a mí y por otra, me ha puesto en contacto con Abello, distingue el oficio de escribir y reconoce el trabajo de los narradores que con su palabra conducen la razón, el análisis o el discernimiento para sosegar los corazones y alentarnos a pensar. Y quizá también, y sobre todo, para invitarnos a soñar.

En este desconcertado primer cuarto de siglo en el que arraigan más incertezas que certidumbres, en el que la rapidez y los cambios disuelven el tiempo, en el que parece no haber lugar para los sueños y las utopías, en el que quizá hayamos olvidado la deontología y la belleza… En este contexto, inundado de una fuerza extremadamente voluble y veleidosa, se hace imprescindible el oficio de contar. Es cierto que el entorno es complejo, lleno de restricciones y obliga a transitar por ese campo minado de la esfera pública, a través de las mareas de las redes sociales o entre las trincheras de la desinformación, la hiperinformación o las fake news. Todo tan lejos de lo que representó nuestra generación hippy que mezclaba los sueños, el amor, la disrupción, la transparencia y un infinito dolor por el sufrimiento de la Naturaleza, que es también el sufrimiento de la humanidad. Quizás los que la vivimos todavía lo sigamos sintiendo de esa manera. Somos de una cultura optimista, que no se doblega como el bambú ante el huracán, que hizo suyas las palabras de Oscar Wilde, “con libertad, libros, flores y la luna ¿quién no podría ser feliz?”

Es totalmente cierto que este tiempo es líquido, rápido, convulso, lleno de incertidumbres y desorden. Es necesaria la escritura porque narrar como leer es, sobre todo, pararse a pensar, ordenar la reflexión, analizar las ideas. La escritura, el periodismo, nacen en el horizonte de quien observa la realidad, se reencuentra con sus pensamientos y memorias, los descubre, los analiza y los transcribe. Es una forma de congelar el fluir del tiempo y diluirse en un paréntesis a este mundo que reclama atenciones a cada momento, para finalmente ofrecer, generosamente, un texto que estimule y provoque el juicio crítico, el pensamiento diferente.

Bajo esta reflexión traigo a la memoria el discurso que Sergio Ramírez pronunció en la entrega del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo en 2013 y que conecta estos pensamientos con la propia Fundación Gabo y Jaime Abello. Dijo así: “Dos instrumentos esenciales necesitan los nuevos periodistas, uno de ellos es la búsqueda permanente de la excelencia en su trabajo (…) El otro es la coherencia ética que no debe faltar nunca en cada una de las líneas que escriban o, lo que es lo mismo, la búsqueda de la verdad sin concesiones a ninguna clase de poder. La ética en periodismo debe ser ese zumbido del moscardón del que hablaba Gabo, ha de ser siempre inquietante en sus oídos, como un moscardón que para volar necesita de las alas. No hay ética sin alas para el vuelo”.

Ciertamente, quien escribe posee la delicadeza de amar cada palabra, la audacia para elegir le mot juste, la palabra justa, que tanto perseguía Flaubert o la capacidad de armonizar el texto hasta convertirlo en “un tambor que despierte pasiones”, al más puro estilo de Robert Stevenson.  El mundo necesita quimeras para construir realidades y los narradores, como hacedores de sueños, alientan nuestra imaginación, porque, como expresó García Márquez, “Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir”.

¡Escribamos, leamos, soñemos… y que redoble ese tambor que despierta pasiones!


Referencias

Escotet, Miguel Ángel (2024). Mensaje central en el acto de concesión del Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba. Madrid: Casa de América, 16 de enero.

Escotet, Miguel Ángel (2020). Una lluvia de palabras. En Afundación (Ed). Premio Afundación de Periodismo Julio Camba, 40 Aniversario. A Coruña: Ediciones Afundación y Agencia Gráfica, pp. 9-13.


©2024 Miguel Ángel Escotet.  Todos los derechos reservados. Se puede reproducir citando la fuente y el autor. Este artículo está inspirando en mis propias palabras durante la intervención que hice en el acto de concesión del Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba, 44ª edición, en la Casa de América de Madrid, el 16 de enero de 2024.