
- October 31, 2025
- Aprender a Compartir, Aprendizaje, Educación, Educación Permanente, Educational Philosophy, Futuro, Universidad
Fomentar y desarrollar esta educación socializadora a lo largo de todas las etapas de la vida es, sin lugar a duda, la manera más efectiva de encontrar respuestas a los desafíos que nuestra sociedad nos plantea. Vivimos, ciertamente, una coyuntura exigente, retadora, definida por la velocidad, el alcance y el impacto en los sistemas. Es este un cambio de paradigma marcado por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, un hecho que anticipa que el mundo, tal como hoy lo conocemos y concebimos, cambiará sustancialmente, modificando también las formas de pensamiento y los valores.
El apasionante proceso de aprender y el reconfortante hecho de compartir son dos términos convergentes, bidireccionales y recíprocos, en el sentido de que, para aprender, necesariamente debemos compartir, a la vez que, cuando nos relacionamos, estamos aprendiendo. El conocimiento no existe para el ser humano si este no se comparte, no se divulga. Puede parecer paradójico; sin embargo, esta correspondencia que se establece entre el conocimiento y la compañía crece exponencialmente a medida que vivimos. El ser humano, por instinto y comprensión, por aprendizaje cultural y social, ejerce la solidaridad, descubre en la fraternidad la razón de su propia existencia y entiende que vivir es sinónimo de estar en relación con el otro.
Los agentes de socialización —las personas o instituciones que hacen posible la efectividad de la interiorización de las estructuras y los procesos sociales— se van diversificando conforme crecemos y maduramos. Con el tiempo, aumentan los contextos sociales en los que el individuo interacciona. Pasamos de la exclusividad de la familia a la influencia de otros agentes externos como el grupo de iguales, la escuela, la misma calle, la universidad o las relaciones laborales. Este hecho ya fue expresado en el clásico libro de McGraw-Hill, Psicología del Desarrollo de Diane E. Papalia, Sally W. Olds y Karen L. Feldman, con una frase inspiradora que dice así: «Lo que ocurre en el mundo del niño es significativo, pero no es la totalidad de su historia. Cada uno sigue escribiendo su propio relato de desarrollo humano mientras vive». Así es que, no podremos concebir nunca el aprendizaje sin la convivencia porque vivir es aprender, aprender es relacionarse y no hay vida sin convivencia.
Asimismo, estas afirmaciones implican la idea de continuidad, de lifelong learning o de aprendizaje a lo largo de la vida. Podemos afirmar, entonces, que aprendemos en compañía y durante toda nuestra trayectoria vital. La expresión pudiera parecer trivial o demasiado sencilla, pero, por un lado, encierra valores de calado, como la cooperación, el intercambio y la solidaridad, en las relaciones de aprendizaje. Por otro lado, implica la actualización constante de los métodos, instrumentos, procesos, contenidos o formas de enseñanza-aprendizaje, tanto por parte de las instituciones educativas como del estudiante.
Fomentar y desarrollar esta educación socializadora a lo largo de todas las etapas de la vida es, sin lugar a duda, la manera más efectiva de encontrar respuestas a los desafíos que nuestra sociedad nos plantea. Vivimos, ciertamente, una coyuntura exigente, retadora, definida por la velocidad, el alcance y el impacto en los sistemas. Es este un cambio de paradigma marcado por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, un hecho que anticipa que el mundo, tal como hoy lo conocemos y concebimos, cambiará sustancialmente, modificando también las formas de pensamiento y los valores. Esta «Cuarta Revolución Industrial, y si me apuran, Quinta» trae aparejada una tendencia a la automatización total de la elaboración que corre por cuenta de sistemas ciberfísicos que son posibles gracias a la Internet de las cosas y el cloud computing o nube. Lo que veremos, dicen los teóricos, es una gran fábrica verdaderamente inteligente.
Pero, sería pretencioso creer que los cambios a los que estamos asistiendo son los más importantes de la historia de la humanidad. Esta ha estado llena de cambios y profundas transformaciones, en el pensamiento y en la tecnología. Pensemos solo en el impacto que tuvo que representar la rueda alrededor del año 3500 antes de nuestra era en Mesopotamia, en la sociedad de entonces. Fue de tal magnitud que todavía hoy la tenemos en todas las esferas científicas, tecnológicas y sociales. O quién se atreve a dudar del pensamiento griego en pleno siglo XXI, del que seguiremos aprendiendo hasta el fin de la vida. En cada etapa de la humanidad, los seres humanos hemos pensado que los cambios han sido los más importantes en ese momento histórico. Y esto se puede entender porque la humanidad no es capaz de vislumbrar el futuro a largo plazo ni la incertidumbre que este proceso conlleva. Por eso, no ha habido tiempos mejores o peores; los tiempos siempre han sido lo que son y lo que serán a la luz de nuestra percepción subjetiva.

Todas las personas y las entidades, pero marcadamente las instituciones educativas y, en particular, la universidad —sea esta de gestión pública o privada—, tienen el deber y el compromiso de sentar las bases para asumir y gestionar este cambio en la época en que nos toca vivir. En nuestras manos está construir el futuro y evitar que este vaya por delante. El futuro siempre empieza hoy, no mañana. Más bien, el futuro debe ir en paralelo; de lo contrario, nos quedaremos atrás. En este sentido, traigo a la memoria el pensamiento de Eric Hoffer, quien señalaba que: «En una época de cambios drásticos, los que están aprendiendo continuamente heredarán el futuro. Los que simplemente aprendieron se encontrarán equipados para vivir en un mundo que ya no existe».
Conseguiremos trabajar paralelamente en nuestro propio futuro promoviendo una educación gestáltica, heterodoxa, un aprendizaje vivencial y holístico que integre la experiencia de las personas que enseñan y aprenden en las dimensiones sensoriales, afectivas, intelectuales y sociales. Por supuesto, sin olvidar los contenidos, el conocimiento teórico, científico y práctico, así como el tecnológico y técnico. De esta manera, podremos avanzar desde una educación de refugio al empleo, hasta una educación profesional, vocacional, apasionada y revolucionaria que imprima sentido ético, colaborativo y solidario a la vida, al mismo tiempo que lo aprendido se convierta en el motor para seguir aprendiendo.
Así es que la educación es un proceso constante y cooperativo sin fin, y el aprendizaje, un viaje continuo sin retorno. Es un aprendizaje genuino que no busca certificaciones o diplomas, porque, más allá del certificado, están la experiencia y el compromiso que se adquieren cada día con nosotros mismos, con la sociedad y con nuestros semejantes. Formarse continuamente y en cooperación con otros es, sin duda, un ejercicio social y personalmente ético. La única obligación que tenemos todos con el conocimiento, es con nosotros mismos para aprender sistemáticamente y de por vida, porque esta es la única garantía de no ir por detrás del propio conocimiento y caminar a la par del difícil ritmo de la evolución humanística, científica y tecnológica que inunda cada una de las épocas del desarrollo humano.

Deseo reiterar también otro mensaje, ya muchas veces señalado, en línea con la importancia del aprendizaje experiencial y de la socialización con la que comenzaba este artículo. Reivindico la importancia de fomentar relaciones estables entre la universidad y la empresa. Se debe impulsar un espíritu de compromiso y colaboración entre ambos sistemas, y las universidades deben reforzar la práctica de educación continua dentro de las empresas a través de alianzas con los diferentes sectores productivos; fortalecer sistemas que permitan compartir la infraestructura científica y tecnológica para mejorar la calidad y acelerar los procesos de transferencia; o incentivar la participación de especialistas del sector productivo en los programas y titulaciones universitarias.
Por todo ello, me reitero en la defensa de un aprendizaje continuo y cooperativo, un conocimiento que nazca de la creatividad, el pensamiento activo y crítico; hay que practicarlo con constancia, pasión y alegría, otorgando a nuestro aprendizaje la trascendencia de hacer de este mundo un lugar diferente y mejor, porque cuando uno encuentra un sentido grande a lo que hace, hará cosas más grandes y será más feliz. La afición por aprender y las ganas de compartir forman parte de la búsqueda de la felicidad. Es una actitud hacia el descubrimiento de lo desconocido, sentirse un aprendiz de por vida, un amante del conocimiento, y que, en el caso de quien esto escribe, tiene, desde hace 50 años, como libros de cabecera a Bertrand Russell, de quien aprendió que las grandes fuerzas transformadoras del mundo son el conocimiento y el pensamiento. El pensamiento que, en palabras de Russell, «es grande, veloz y libre, la luz del mundo y la principal gloria del ser humano». Analizar la profundidad de esta idea nos lleva a buscar conocimiento para intentar comprender el complejo mundo en el que vivimos y a ejercitar el pensamiento para no eludir nuestra responsabilidad frente a los saberes adquiridos y a los que inexorablemente deberán llegar hasta los límites de la vida.
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