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Catchall / Cajón de Sastre

La desideologización de la sociedad contemporánea

Cuentan que un día, al regresar las hormigas con el producto de su trabajo, los centinelas del hormiguero, como siempre, controlaban lo que cada una aportaba a la comunidad. Hojas, semillas y muy variados alimentos les permitían entrar al mismo. Pero una hormiga, al intentar pasar sin llevar producto alguno, fue detenida y se le preguntó:

— ¿Cuál es tu aporte?

— Traigo una idea.

— ¿Qué es eso? — preguntó interesado el centinela.

— Pues mire usted, he estado observando todo el día la forma en que cada hormiga trabaja y he descubierto la manera de obtener más rendimiento con menos esfuerzo.

— ¡Muy interesante! Prosiga.

La hormiga expuso con amplios detalles y de forma convincente su idea y cómo se podrían alcanzar los objetivos del plan. El centinela aprobó sin discusión la propuesta. Mas cuando la hormiga se disponía a entrar fue interceptada.

— Su plan lo pondremos a prueba, pero usted no puede pasar– apostilló el centinela.

— ¿Pero qué me lo impide, si ya he dado mi aporte?

— Está equivocada– dijo el centinela, con seriedad–. Para entrar necesita traer algo igual a lo de sus compañeras. Las ideas no sirven, porque imagínese usted, si todas las hormigas decidiesen de ahora en adelante traer sólo ideas.

La proposición extrema es sustituir el mundo de las ideas por el mundo de los sentidos, de la materia, Blut und Boden; o lo que es lo mismo, aquello que nada tiene que ver con la actividad cerebral. Pensar, hoy en día, constituye un riesgo para la sociedad y pertenecer a grupos intelectuales produce actitudes hostiles –o al menos discreta burla– en las diferentes y variadas esferas de poder. La reflexión intelectual está dando paso a la astucia como capacidad para sobrevivir, aún bajo el engaño, la picaresca y el fraude, tal como nos mostró la crisis financiera de 2008.

Los partidos políticos de muchos países tienden a desideologizarse: se prohibe la crítica, la disidencia interna como símbolo de debate es calificada de insolidaria, se refuerza la auto-censura. Pero el análisis ideológico, doctrinario, está en el papel secante del pragmatismo, definido éste como el juicio de pocas palabras y menos ideas. El mensaje político es sólo un masaje. En tiempos electorales, por ejemplo, las ideas y los programas son sustituidos por lemas publicitarios que nos acercan a aquella consigna comercial: “No se cree problemas. Permítanos pensar por usted”. El problema ideológico para la mayor parte de los partidos políticos es un problema de imagen para no decir lo que se hace ni hacer lo que se dice. Pasarse de un partido a otro, incluso de un supuesto extremo al otro, es ya una práctica común, pues la identificación política no está en la doctrina sino en las formas, y mayoritariamente, en los olores del poder.

La democracia, se dice, es un problema de las mayorías, y se añade, respetando a las minorías. ¿Qué quiere decir respetando? En una democracia lo peor que le podría pasar a una mayoría es que no existiese una minoría, pues si así fuese, ¿dónde estaría el juego democrático? ¿dónde estaría la coartada de la mayoría? Respetar democráticamente las minorías es construir entre todos un sistema más igualitario, solidario y genuinamente libre. Sin embargo, la realidad es otra muy diferente. Las mayorías políticas se sirven de las minorías para imponer sus criterios y en el caso de que estas últimas intenten introducir sus propuestas, la coartada “democrática” funciona: no se puede permitir que la minoría se imponga a la mayoría. Al hilo de estas líneas, me viene a la memoria una reflexión de Bertrand Russell, quien más o menos decía que el hecho de que una idea sea compartida por la mayoría no quiere decir que sea verdadera; y en vista de lo estúpidamente que se comporta muchas veces la mayor parte de la humanidad, una idea de la mayoría tiene más probabilidades de ser falsa que de ser verdadera.  Así la democracia sólo es auténtica cuando se acepta el hecho de que tanto las mayorías como las minorías pueden tener la razón o ambas pueden estar equivocadas.

Sin embargo, la propia desestimación de las ideas, de las minorías intelectuales, pervierten aún más el maltrecho sistema democrático y aparecen, como sombras, los símbolos del autoritarismo bajo formas sofisticadas de falsa libertad, por lo que cada cual puede decir lo que desea, sin hallar respuesta. Son palomas con corazón de verdugos. La minoría que ejerce el poder de la mayoría, distribuido cuidadosamente, es el único que está capacitado para pensar y llevar a la práctica sus ideas. Y, “ya que el poder sobre los seres humanos se manifiesta en lograr que hagan lo que preferirían no hacer — expresa Russell– el hombre que actúa por amor al poder es más capaz de hacer daño que de permitir el placer”.

La obsesión de desideologización de la que todos somos cómplices abarca todas las esferas de la sociedad. La universidad ha cambiado la búsqueda de saberes por las ofertas del mercado. Muchos medios de comunicación dejan a un lado la interpretación de la noticia, la investigación periodística, el debate vivo, la objetividad. El potente medio de la televisión nos inunda con la simplicidad de las series violentas, sobornando al televidente con la trama elemental para sustituir la reflexión y la participación. La Internet nos acompaña en la soledad y nos crea ilusiones virtuales de redes sociales o foros de “discusión”. La sociedad se mueve con los ojos estáticos y el deambular frenético por escaparates y anaqueles de los almacenes a la búsqueda de objetos inútiles. Y como en toda sociedad que va aparcando las ideas, la conversación y el deseo se tornan únicamente hacia actividades materiales como explosión hedonística de la decadencia de la cultura.

Ciertamente, me gustaría soñar que no estamos entrando en una de esas etapas oscuras de la humanidad, que no estamos en un sistema social que se desmonta a sí mismo, en una sociedad mundial que señala el fin de la ideología, con una ideología sin ideología. Qué suerte la de la hormiga que se quedó fuera del hormiguero porque así pudo seguir en libertad.

©2015 M. A. Escotet. Todos los derechos reservados. Se puede reproducir citando la fuente y el autor.

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Educación es formar al ser humano para el cambio permanente y aún para la eventual crisis producto de la transición. - Miguel Angel Escotet

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